—¡Sería un sacrificio tan cruento cuanto inútil de sangre generosa!—exclamó el doctor Pérez y Cueto con la voz más oratoria que tenía.—¡Dejemos que obren los acontecimientos! ¡Tarde ó temprano, ha de llegar la hora de la justicia! ¡Elevemos los corazones y retemplemos el ánimo! ¡La patria nos mira, (pausa corta) y estos contratiempos, estas iniquidades, mejor dicho, nos realzan á sus ojos, en lugar de deprimirnos, como quisieran los enemigos de la libertad, los asesinos del pueblo!...
Todos apoyaron, y algunos dieron el ejemplo altamente filosófico de hacer á mal tiempo buena cara, yendo á atacar el asado ya que no podían comportarse lo mismo con las mesas electorales. El ejemplo fué seguido, todos se pusieron á comer, y del silencio sepulcral que reinaba en el comité desde las primeras desastrosas noticias, fué pasándose poco á poco á la animación y la alegría, gracias á las frecuentes y abundantes libaciones, y para justificar una vez más el refrán criollo de «Barriga llena, corazón contento».
Pero los caudillos, como que eran los que más perdían, formaban grupo aparte, mustios y cariacontecidos, cerca de la puerta, comiendo melancólicamente, cuando vieron con sorpresa presentarse al mismo D. Ignacio en persona, á pesar de la ruidosa separación del comité y del fuego resuelto que había hecho contra su mesa directiva. Lo dejaron acercarse sin decir palabra, aguardando á ver por dónde comenzaba.
—Vengo á acompañarlos en la derrota, y no hubiera venido en caso de triunfo,—dijo dirigiéndose á Viera.—En cuanto vi las fuerzas que hay en la plaza y el cantón de la azotea de Cármine, comprendí que los habían fregao... ¡Es una infamia!... Pero todavía puede haber remedio... ¿Han hecho protesta ante escribano?
—No,—contestó simplemente Viera.
—¡Pero hombre! ¡si es lo primero que hay que hacer! Bien me parecía que se habían descuidau. En estas cosas hay que tener un poco de prática, como les he dicho tantas veces. Si no se hace la protesta ¿cómo quieren pedir luego la anulación de las elecciones? Vamos, vamos á buscar al escribano para que la redate inmediatamente.
—¡Y de qué nos va á servir eso, si no hay justicia, si la protesta y nada todo es uno!—exclamó Silvestre.—Acuerdesé, don Inacio, de todas las que hemos hecho hasta hoy, y digamé cuál es la que no ha ido á parar á la basura... Si nos hubieran dejado votar habríamos ganado, no hay duda; pero entonces hubieran protestado los carneros, y como los jueces son suyos, la Corte hubiera anulado la eleción. No hay remedio, no hay más remedio que hacer una revolución, pero una gorda, y colgar á toda la canalla de los faroles, porque á ésos hay que matarlos ó dejarlos.
—Nunca está de más la protesta,—insistió don Ignacio.—Quién sabe qué vueltas van á dar las cosas, y nunca es malo estar prevenidos.
—Además, no cuesta nada hacerla, y siempre será un documento que atestigüe la felonía de nuestros enemigos, una página realmente ignominiosa de su historia,—apoyó el doctor Pérez y Cueto.