Los demás estuvieron por la afirmativa, y los principales, Viera, D. Ignacio, el doctor, Silvestre, y cuatro ó cinco más salieron para ir á buscar al escribano. Y la protesta se hizo, para aumentar el número de las protestas legalizadas de aquel tiempo, que reunidas en un legajo formarían una montaña de pequeñas inmundicias. El escribano Martínez no dejó de vacilar ante la exigencia de los cívicos. Aunque su función era ineludible, temía las iras oficiales, la posible venganza de los amos del poder, y sólo comenzó á escribir el documento cuando vió que los electores burlados comenzaban á irritarse, y que, por huir de un peligro futuro, iba á caer en uno inminente y contundente... Aún puede verse,—si es que el documento no ha desaparecido, si alguna interesada mano no lo destruyó en La Plata, donde fué á golpear las puertas de la sorda justicia,—que está escrito con mano temblorosa, lleno también de borrones que la trémula pluma dejó caer aquí y allí, atestiguando el grande, el inmenso respeto del tabelión hacia las autoridades constituidas y su anhelo de no ver perturbado el orden, sobre todo cuando el desorden podía envolver y arrastrar á su dignísima persona...

Entre tanto, en el comicio funcionaban las mesas bajo la exclusiva dirección del escribano Ferreiro, que hacía copiar los registros y poner en las urnas una boleta por cada nombre que se sacaba de las listas de padrón y se ponía en las actas.

Defendidos contra toda posible asechanza por las fuerzas del comisario Barraba estratégicamente dispuestas frente á la iglesia, y por los correligionarios armados á rémington acantonados en los altos de la confitería de Cármine, los escrutadores realizaban su patriótica tarea con toda tranquilidad, fuertes en su derecho y su deber. Desde que tuvieron por seguro que no se presentarían ni siquiera los fiscales cívicos, y que el resultado de los ataques á los electores de la campaña había sido excelente, se pusieron con júbilo á la tarea, copiando nombres y depositando boletas según las instrucciones de Ferreiro, es decir, alternando entre una y otra lista de las dos oficiales, de tal modo que al fin resultaran electos D. Domingo Luna y el gran Bermúdez, como era invencible deseo de este prohombre pagochiquense.

No se había asustado mayormente Ferreiro de sus amenazas, pero consideró que era mejor no provocar una disidencia en circunstancias tales como las que estaban atravesando, tanto más cuanto que Bermúdez podía servirle como instrumento, afinadísimo gracias á su misma inutilidad personal: lo llevaría de las narices á donde quisiera.

En el comicio reinaba pues la calma más absoluta, y los pocos votantes que en grupos llegaban de vez en cuando del comité de la provincia, eran recibidos y dirigidos por Ferreiro, que los distribuía en las tres mesas para que depositaran su voto de acuerdo con las boletas impresas que él mismo les daba al llegar al atrio. Los votantes, una vez cumplido su deber cívico, se retiraban nuevamente al comité, para cambiar de aspecto lo mejor posible, disfrazándose,—el disfraz solía consistir en cambiar el pañuelo que llevaban al cuello, nada más,—y volver diez minutos más tarde á votar otra vez como si fueran otros ciudadanos en procura de genuína representación.

—¡No sé p'a qué hacen incomodar á esa gente!—exclamó de pronto uno de los escrutadores.—Además de incomodarse ellos nos incomodan á nosotros, porque nos hacen perder tiempo: la mayor parte ni siquiera sabe con qué nombre debe votar. Lo mejor es seguir copiando derecho viejo del padrón, sin tanta historia.

—Tiene razón, amigo,—exclamó Ferreiro,—tiene mucha razón. Voy á dar orden de que no vengan más.

Y desde ese momento cesó la procesión de comparsas hecha á modo de los desfiles de teatro en que los que salen por una puerta entran en seguida por la otra, después de cambiar de sombrero ó de quitarse la barba postiza. Los escrutadores pudieron entonces copiar descansadamente el padrón, y así lo hicieron hasta la hora de almorzar.

El almuerzo les fué llevado de la fonda, pues el comité, descontando ya el indudable triunfo, había querido obsequiarles con todo lo mejor que podía obtenerse en Pago Chico en materia de cocina francesa confeccionada con grasa de vaca.