—Á ver, dame... ¡Ah, sí, ya sé!—exclamó misia Gertrudis, tomando el papel que Petrona le presentaba y devolviéndoselo acto continuo.—Decile que vuelva el sábado... Ahora estoy muy ocupada.

Pero en ese instante recordó la ofrenda de mister Kitcher, cuyo dinero tenía aún en el bolsillo, é iluminada por súbita inspiración—¡lo que puede la costumbre!—bolsiquió por la manera, asió el bolsón de terciopelo, é inmovilizó á la chinita que ya iba á salir, gritándole:

—Esperáte.

Muy grave, con una gravedad que imponía como siempre, respeto, añadió:

—No le digas nada. Tomá....

Y sacando los cuatro pesos que importaba la cuenta, los dió á Petrona que corrió á entregárselas al cobrador del sastre,—mientras la señora, reanudando el hilo de sus pensamientos y el curso de sus imprecaciones murmuraba indignadísima entre dientes:

—¡Pícaras!—¡Sinvergüenzas!—sospechar de que robo, yo, ¡¡yo!! Quisiera que estuvieran un momento en mi lugar, para ver las cochinadas que harían...

Pero se arrepintió de haber invocado tan peligrosos testigos, y, paseando la mirada recelosa por el cuarto, tanteóse el vestido, á ver si el bolsón de terciopelo continuaba en su sitio para seguir socorriendo á pobres acreedores.