Un día, pues, no resistió al deseo imperioso de contar á la interesada cuanto se decía en el pueblo, unas veces en voz baja, otras veces á gritos.

—Usted que es una señora decente, esposa nada menos que del tesorero municipal, no debe dejar que hablen esas cosas de usted, y darles una lección.

Misia Gertrudis la escuchaba furiosa, no interrumpiéndola sino con dicterios dirigidos indistintamente á todos los notables de Pago Chico. La presidenta no dejó de rabiar desde entonces. Loca de ira y de indignación llegó hasta jurar que presentaría su renuncia—cuya sola enunciación la hacía estremecer—y declaraba á voz en cuello que lo único que no podía soportar era la ingratitud, la injusticia de que se la hacía víctima inmaculada y dolorosa.

—¡Calumniarme á mí, á mí!... ¡Á ver si hay una sola de esas hijas de una... tal por cual, que sea capaz de «alministrar» tan bien como yo! ¡Que vengan, que vengan á esaminar mis libros!...

Y ostentaba los modelos de caligrafía pacientemente ejecutados por su marido; pero allá en el fondo, su conciencia hacía un balance que nunca se habría atrevido á presentar, ni á esas ni á otras damas cualesquiera, y le imponía la visión, como implacable libro diario, de los kilos de carne, de yerba, de azúcar, de arroz, de fideos y los litros de leche, de vino, de aguardiente, de aceite, de petróleo que debía á los pobres. É imaginábase que entre ellos se erguía la figura odiosa y acusadora de su colega la presidenta de las «Hermanas de los Pobres», esa «masona» que solamente por vil espíritu sectario, por hacer daño á la iglesia y á los católicos y á Dios mismo, llevaba sus libros peor escritos sí, pero con arreglo á la verdad.

Una mañana mister Kitcher, el acopiador de frutos del país, un inglés que nunca se ocupó de saber lo que ocurría en el pueblo, le envió un donativo de bastante importancia para el objeto, sin sospechar que aquel dinero pudiera extraviarse antes de llegar á su verdadero destino.

Misia Gertrudis había notado aquel día, no sin pena, que el bolsón de terciopelo cerrado por un cordón de seda, en que guardaba «aparte» el dinero de los pobres, estaba completamente vacío, sin el más mínimo resto de limosna. Es de imaginar, pues, con cuánta satisfacción recibió la de mister Kitcher, y el buen humor con que se hubiera puesto á coser la bata—que proyectaba lucir en la próxima función que á beneficio de la sociedad iba á dar en el circo la compañía acrobática, del celebérrimo Tomate IV—si hubiera podido apartar de la imaginación el recuerdo de las comprometedoras hablillas y el encono cada vez mayor que sentía hacia las «Hermanas de los Pobres», sobre quienes hacía llover las maldiciones de más grueso calibre. Así es que apenas se sentó y sin advertirlo, se puso á murmurar dicterias enardeciéndose cada vez con el propio rumor y la propia ponzoña de sus rezongos.

—Aquí le manda esto el sastre,—díjole la chinita Petrona, cuando apenas había dado dos puntadas.

Era la cuenta de una compostura de ropa de su marido y del arreglo de la levita negra para el «Tedéum» del nueve.