Y fué, en efecto, un gran negocio para D. Domingo, quien perdonó gustoso en vista de ello que lo hubieran hecho comulgar con los malhadados ladrillos de máquina...
NOTAS:
[2] Véase «El juez de paz», [pág. 51.]
BENEFICENCIA PAGOCHIQUENSE
De las dos sociedades de beneficencia formadas por señoras que había en Pago Chico, la más reciente era la de las «Hermanas de los Pobres», fundada bajo los auspicios de la augusta y respetable logia «Hijos de Hirám» que le prestaba toda su cooperación. La primera en fecha era la sociedad «Damas de Beneficencia», naturalmente ultra católica y archiaristocrática, como se puede—¡y vaya si se puede!—serlo en Pago Chico.
Las «Hermanas de los Pobres» se instituyeron «para llenar un vacío» según dijo La Pampa, y la verdad es que en un principio hicieron gran acopio de ropas y artículos de utilidad, cuyo reparto se practicó no sin acierto entre pobres de veras, sin distinción de nacionalidades, religiones ni otras pequeñeces. Distribuían también un poco de dinero, prefiriendo sin embargo, socorrer á los indigentes con alimentos y objetos dándoles vales para carnicerías, lecherías, panaderías, boticas,—todas de masones comprometidos á hacer una importante rebaja. La sociedad prosperó con gran detrimento de la otra, que ni tenía su actividad ni usaba de los mismos medios de acción, ni aprovechaba útilmente sus recursos. Se hablaba muy mal de esta última. «Las Damas de Beneficencia» no servían ni para Dios ni para el Diablo según la opinión general. Es decir, esa opinión estaba conteste en que servía, pero no á las viudas, ni á los huérfanos, ni á los pobres, ni á los inválidos y enfermos, sino á su digna presidenta misia Gertrudis, la esposa del tesorero municipal, quien hallaba medio de ayudarse á sí misma, no ayudando á los demás, con los recursos que le llovían de todas partes. Pero, eso sí, la contabilidad de la asociación era llevada «secundum arte», limpia y con buena letra, como que de ello cuidaba el mismo tesorero, esposo fiel y servicial.
Tendrían ó no tendrían razón de ser las hablillas circulantes, viviría ó no viviría misia Gertrudis de lo que se daba—con bastante generosidad—para los pobres; esquilmaría ó no esquilmaría el óbolo común; el hecho es que estrenaba anualmente dos ó tres vestidos de seda que hacían poner rojas y verdes y amarillas de envidia á la comisaría, á la valuadora, á la misma intendenta; que de cuando en cuando, compraba un nuevo solarcito en las afueras del pueblo; que en su casa no faltaba nunca una copa de oporto de regular arriba, para obsequiar las visitas de cierta distinción, y que no se comía mal ni mucho menos en los almuerzos que ella y el tesorero daban á sus amigos, enemigos más bien.
Porque si no nos equivocamos, en todo el pueblo no había una persona que no hablara pestes de la tesoreril pareja, hasta entre las que más la festejaban. Claro está, entonces, que «la calumnia fué creciendo, fué creciendo» y no tardó mucho en llegar á los propios oídos de la mismísima misia Gertrudis, en alas de la voz pública representada esta vez por una vieja pagochiquense, infatigable en la tarea de llevar y traer chismes y habladurías. Doña Dolores, enemiga á muerte de misia Gertrudis la despellejaba implacablemente, pero fingía ser su amiga, y hasta puede que lo fuera en el instante en que conversaba con ella.