—Entre nosotros no podemos ser exigentes, ni pensar en ganancias. Se las doy por lo que me costaron.

—¡Arreglao!—exclamó el otro muy satisfecho.

Cobró el uno, pagó el otro, y el escribano quedó fuera de la sociedad anónima de los ladrillos de máquina.

Véase ahora la tontería de Ferreiro:

Un mes más tarde producíase la catástrofe financiera en que hasta los obreros desaparecieron del país, porque el metal valía cuatro veces más que su valor fiduciario, y D. Domingo Luna, hecho un puerco espín, exclamaba:

—¡Á este Ferreiro no hay por donde agarrarlo! ¡Mi ha fregao lindo!... ¡Y decir que p'a esto largué la ordenanza de la prohibición que inventó el muy canalla, aguantando los chaguarazos de los diarios, y todo! ¡Pucha con el hombre!... ¡Si quisiera ser mi socio, pero no á mañas libres, sino derecho viejo! ¡La pucha con el platal que díbamos á hacer!...

Una vez se atrevió á increpar al escribano, quien, sonriéndose, le dijo:

—Mire, viejo: yo no he perdido un real en esta crisis. Al contrario, estoy más rico que antes. Y ¿sabe por qué?... Porque en la especulación es como en el juego de la brasa: el que se queda con ella, al último, es el que se quema, como el último mono es el que se ahoga.

—Pero, yo soy su amigo, don...

—En la especulación, lo mismo que en el juego no hay amigos, sino enemigos. Pero, pierda cuidado: la bromita le cuesta muy poco, al fin y al cabo, y aquí estoy yo para hacer que se desquite. Compre certificados del Banco de la Provincia: yo sé lo que le digo. Dentro de pocos meses habrá duplicado ó triplicado el capital.