—Él mismo ha'e ser el jefe de la cuadrilla—murmuraba Silvestre, afectando frialdad.

—¡Hum!—apoyaba Viera, el director de La Pampa, meneando la cabeza con desaliento.—Cosas peores se han visto, y él no es muy trigo limpio que digamos...

—¡Él!—gritaba don Inacio, caudillo opositor... todavía.—Es un peine que ni caspa deja. ¡Y cómo está pelechando el hombre! No hace mucho se compró la casa en que vive; áura ha alquirido una quinta junto al arroyo... ¿De ande saca p'a tanta misa? Negocios no se le conocen, la suvención de la municipalidá no es cosa, y los cinco ó seis vigilantes que se come y no aparecen más que en las planillas, no dan p'a esos milagros... ¡Él ha de mojar no más en los a-bi-ge-á-tos!

Los otros grupos de independientes y opositores, explanaban el mismo tema y compartían la misma opinión: el gran cuatrero, pudiera ó no pudiera probársele, era indudablemente el comisario Barraba, quién sabe si con la complicidad de otros funcionarios, pero, en cualquier caso, con su tolerancia... «La corrupción del poder—como decía La Pampa—es tan contagiosa, que cuando invade á un cuerpo, no deja un solo miembro libre, y luego sigue trasmitiéndose al rededor, de tal manera, que todos vienen á quedar infestados, si se descuidan.»

—Así te diera yo á vos alguna coima, y veríamos—refunfuñaba el señor comisario, para sus grandes bigotes.

Entre tanto, el escándalo y la indignación pública iban subiendo de punto. Ya no era únicamente La Pampa la que revelaba y condenaba los robos de hacienda, pintando á Pago Chico como una cueva de ladrones; los periódicos de la capital, informados por parte interesada, comenzaron también á poner el grito en el cielo, espantados de que tales cosas ocurrieran en «la primera provincia argentina», mientras el gobierno, llamado á velar por los intereses generales, se hacía el sueco al clamor creciente de los despojados, convirtiéndose en encubridor y fomentador de bandoleros.

Aunque la superioridad continuara sin inmutarse, sorda como una tapia y muda como una piedra, Barraba comenzó á sentir sus recelos...

—¡Hay que hacer algo!—se decía, multiplicando sus inútiles salidas en persecución de cuatreros y vagabundos, incomodado por las irónicas sonrisas y los ademanes burlescos con que ya se le atrevían los vecinos al verlo pasar...

—Sí,—peroraba don Ignacio una noche en la botica,—cuatrero es cualquiera, cuatreros somos todos, ¿cómo lo h'e negar? Los mismos piones que tengo, mañana s'irán y me robarán hacienda; pero mientras estén en mi casa no, porque les parecería demasiada ruinda. El vecino roba al vecino en cuantito se mesturan los animales, ó á gatas tienen ocasión. Roba el que pasa sin mal'intención por su campo, si tiene hambre y está solo y le da gana de comerse una lengua'e vaca ó un lindo asau de cordero... Le roba el paisano haragán que vive «con permiso» en el ranchujo que alza en un rincón de su campo, y que con cuatro ó cinco vacas tiene carne toda la vida, y con una majadita de cuarenta ó cincuenta ovejas vende casi más lana y más cueros que usté... ¿Y sabe p'a qué tiene animales? ¡Bah! ¡si le dan trabajo!... ¡tiene p'al derecho á la marca y las señales con que se apropea de todo lo orejano que le cai cerca!... Le roba el alcalde, que ya comienza á ser autoridá, y no tiene miedo que lo castiguen... Y por lo consiguiente, las demás autoridades...

—¡Pero esto es Sierra Morena!—clamó el doctor Pérez y Cueto, exagerando aún su acento español.—Y el gobierno de la provincia debería...