—Ya l'he dicho—interrumpió don Ignacio,—que el gobierno no tiene coluna más fuerte que el cuatrero, ya sea de profesión, ya por pura bolada de aficionau. Los cuatreros son sus primeros partidarios; ésos son los que eligen los electores, los diputados, los municipales; ésos son los que sostienen, junto con los vigilantes, á la autoridá del pago, y de áhi el mismo gobierno. Y p'a pagarles, el gobierno los deja vivir ¡es natural! En tiempo de eleción les hace dar plata, pero como no puede estar dándoles el año entero, los contempla cuando comienzan á robar otra vez...
Todos apoyaron. El doctor Pérez y Cueto se había quedado meditabundo. De pronto alzó la cabeza y dijo con énfasis, recalcando mucho las palabras:
—Esa especie de connaturalización con el cuatrerismo, que lo convierte casi en una tendencia espontánea y general, debe tener y tiene sin duda su explicación sociológica. Pero ¿cuál? ¿Será el atavismo? ¿Se tratará en este caso de una reaparición, modificada ya, de los hábitos de los conquistadores y primeros pobladores, acostumbrados á considerar suyo cuanto les rodeaba, por el derecho de las armas y hasta por derecho divino?... La herencia moral de este país, no es, indudablemente, ni el respeto á la propiedad ni el amor al trabajo...
Profundo silencio acogió estas palabras que nadie había comprendido bien, y el doctor Pérez y Cueto, dió las buenas noches y salió, para correr á repetírselas á Viera, deseoso de que no se perdiesen...
Poco después entró en la trastienda Tortorano, el talabartero, restregándose las manos y riendo, como portador de una noticia chistosa.
—¿Qué hay? ¿Qué hay?—le preguntaron en coro.
—¡Barraba ha salido con una partida, á recorrer!...—exclamó Tortorano.—Y hace un rato gritaba en la confitería de Cármine que de esta hecha no vuelve sin un cuatrero, ¡muerto ó vivo!...
Todos se echaron á reir á carcajadas, festejando con chistes, dicharachos y palabrotas la declaración del comisario...
Y sin embargo, éste supo cumplir su palabra...
Cuando ya regresaba, al amanecer, con las manos vacías—¿y á quién tomar, en efecto, si no se tomaba á sí mismo?—después de haber pernoctado en una estancia lejana, Barraba vió un hombre que se movía á pie, en el campo, cargado con un bulto voluminoso y lejos de toda habitación. El individuo iba hundiéndose en la niebla, todavía espesa, de una hondonada, junto al arroyo medio oculto por las grandes matas de cortadera. Barraba, entrando en sospechas, espoleó el caballo para reunírsele. ¡Su buena estrella!...