Cuando lo alcanzó no pudo ni quiso retener un sonoro terno, mitad de cólera, mitad de alegría:
—¡Ah, ca... nejo! ¡Al fin cáiste!...
El hombre iba cargado con un hermoso costillar bien gordo y un cuero de vaca recién desollado: iba sin duda á esconderlo en alguna cueva de las barrancas del arroyo, pues, ya de día claro, no era prudente andar con aquella carga, á vista y paciencia de quien acertara á pasar por allí... Al oir el vozarrón del comisario que se le echaba encima á rienda suelta, tiró cuero y costillar y trató de correr á ocultarse entre un alto fachinal que allí cerca entretejía su impenetrable espesura. Pero Barraba, más listo, le cortó el paso con una hábil evolución.
—¡Ah, eras vos!—exclamó al ver enfrente á Segundo, pobre paisano viejo, cargado de familia, que se ganaba miserablemente la vida haciendo pequeños trabajos sueltos.—¿Con qu'eras vos, indino, canalla, hijuna!... ¡Tomá, tomá, sinvergüenza, ladrón, bandido!
Y haciendo girar el caballo en estrecho círculo alrededor de Segundo, descargóle una lluvia de rebencazos por la cabeza, por la espalda, por el pecho, por la cara... Bañado en sangre, tembloroso y humilde, el otro apenas atinaba á murmurar:
—Señor comisario... Señor comisario...
Los vigilantes se reunieron al turbulento grupo y quisieron «mojar» también, dando algunos lazazos al matrero tomado infragante. Pero Barraba, celoso de sus funciones de verdugo, los hizo apartar y siguió azotando hasta que se le cansó, «más que la mano el rebenque».
Segundo había quedado en tierra, y resollaba fuerte, angustiosamente, pero sin quejarse. Tenía el cuerpo cruzado de rayas rojas en todas direcciones, la mejilla derecha cortada por la lonja, y de las narices le brotaba un caño de sangre...
—¡Á ver! ¡Llevenló en ancas! Tenemos que llegar temprano p'a darles una buena leción! ¡Lleven el cuero también!—gritó el comisario.
Y apretando las piernas á su caballo enardecido por la brega, tomó á todo galope en dirección á Pago Chico, que no estaba lejos ya.