Segundo, bamboleándose en la grupa del caballo de un vigilante, con una nube en los ojos, la cabeza trastornada y los miembros molidos, balbucía:

—¡Por la virgen santa!... ¡Por la virgen santa!...

El agente, fastidiado por aquella dolorosa y continua letanía, volvióse por fin colérico:

—¿De qué te quejás? ¡Tenés lo que merecés y nada más! ¿Á qué andas robando animales?...

Segundo hizo un esfuerzo:

—¡Era la primera vez,—murmuró,—la primerita! Encontré esa vaquillona muerta... Mandinga me tentó... la «cuerié»... Pero es la primera vez, por éstas...—y poniendo las manos en cruz, se las besaba...

—¡Ya t'endenderás con el juez!... ¡Lo qu'es á mí, maní... No me vengás con agachadas, ché!

El sol comenzaba materialmente á rajar la tierra cuando llegaron á la comisaría, bañados en sudor hombres y caballos. La naturaleza entera parecía jadear bajo los rayos de plomo y el viento del norte, cargado de arena y quemaba como el hálito de la boca de un horno. Las hojas de los árboles, achicharradas, crujían al agitarse, como pedazos de papel. Pago Chico entero estaba metido en su casa. El comisario, en la oficina, se refrescaba con una pantalla, en mangas de camisa, tomando mate amargo que asentaba con un traguito de ginebra, «p'al calor». Había llegado mucho antes que su escolta, montada en inservibles matungos patrias, más inservibles aún con aquella temperatura tórrida.

—¡Ahí está el preso!—le anunció el asistente, cuadrándosele.