—¡Bueno! ¡Que le pongan el cuero de poncho, y lo hagan pasear por la plaza hasta nueva orden!—gritó Barraba.
La plaza era, como es sabido, un inmenso terreno de dos manzanas, sin un árbol, sin una planta, sin una matita de pasto, en que el sol derramaba torrentes de fuego, como si quisiera convertir en ladrillo aquella tierra plana é igual, desolada y estéril.
El comisario salió en mangas de camisa, con el mate en la mano, á presenciar el cumplimiento de su orden.
El cuero, fresco y blando, fué desdoblado; con un cuchillo hízosele en el centro un tajo de unos treinta y cinco centímetros de largo... Segundo fué conducido al patio, donde se ejecutaba esta operación; casi no podía tenerse en pie... Lo obligaron á meter la cabeza por el boquete del cuero, y uno de los agentes alisó con cuidado los pliegues, ajustándolos al cuerpo.
—¡Lindo poncho fresco... de verano!—exclamó Barraba, chanceándose alegre y amablemente.
Los que estaban en el patio,—y sobre todo el escribiente Benito aquél que «era más bruto que un par de botas»—festejaron el chiste del superior, riendo con más ó menos estrépito... según la jerarquía.
Segundo callaba, sin darse cuenta aún de lo que iba á suceder. Por delante y por detrás, el improvisado poncho llegábale á los pies; á ambos lados, partiendo de los hombros, se abría como una especie de esclavina.
—¡Bueno, marche!—mandó el comisario.—¡Y con centinela de vista! ¡Que no se pare; y si se para, déle lazazo no más!