—¡Basta! ¡Basta!—repetían algunas otras de vez en cuando.
El gentío, sobrecogido, olvidaba el calor. Segundo había pedido agua muchas veces, con voz apagada y balbuciente de moribundo. Un vecino, más caritativo y menos temeroso que los demás, le dió de beber. Al relevarse el centinela, el comisario ordenó al que iba á hacer la nueva guardia:
—¡Que nadie se acerque al preso!
Al martirio del cuero, que ya amenazaba desconyuntarlo, agregóse entonces la tortura de la sed...
Varias personas caracterizadas se presentaron á Barraba, pidiéndole que hiciera cesar el suplicio. Barraba se echó á reir.
—¿De qué se queja? Tiene poncho fresco... ¡de verano!... ¡Dejen, que así aprenderá á carnear ajeno!...
—Pero, señor comisario...—le suplicaron.
—¡Bueno! ¿y áura salimos con ésas?... ¿Y no andan ustedes mismos diciendo que hay que darles un «castigo ejemplar» á los cuatreros?...
—Segundo es un infeliz, y...
—¡No hay infeliz que valga!