Dos meses después Segundo estaba en Sierra Chica, su familia en la miseria y el señor comisario se compraba otra casa...
PARA BARRABASADAS...
¡Cuánta serenata y qué golpear de puertas! Pago Chico está «desatado» y mientras en el Club los patricios hacen destapar mucho vino espumante y un poco de champaña, entre risas, dicharachos y brindis, de las trastiendas de los almacenes y de los despachos de bebidas salen cantos broncos y desafinados en que se distingue algún «te l'ho detto tante volte»... ó acompasadas y estrepitosas vociferaciones de «morra», como martillazos secos, ó la algarabía de alguna disputa nacida entre oladas de carlón.
Por las calles vagan grupos de obreros con acordeón y guitarra, y de jóvenes calaveras, al uso pagochiquense, que repican los llamadores, se cuelgan de las campanillas, hacen ronga-catonga alrededor de algún infeliz que se retira tropezando, medio chispo, y producen tal alboroto que parecen legión cuando son apenas un puñado.
Éstos se divierten apedreando las ventanas del Juez de Paz,—sabiéndolo en el Club,—guarecidos tras de la tapia de un terreno baldio; aquéllos han atado un tarro de petróleo á la cola del perro de Silvestre, y allá va el pobre animal como una exhalación hasta el confín del pueblo, despertando á las supersticiosas comadres de los ranchos que se santiguan aterradas; los de más allá, inspirados por el hijo de Bermúdez, mozo «diablo» cuya viveza es legendaria, han puesto en práctica la genial idea de descolgar el letrero de Madama Grandenfant, la partera,—cuadro que representa una mujer de palo, vestida de hojalata, sacando un feto rojo de un rábano recortado en forma de rosa,—y colgarlo en la puerta del cura, que echará pestes sin saber á quién debe tal bromazo.
Al Club del Progreso, con motivo de tan magna fiesta, han acudido tirios y troyanos, á pesar de las terribles disensiones. Hay armisticio, y el mismo comisario Barraba se ha dignado hacer acto de presencia—muy campechano,—y codearse breves momentos con la oposición.
El Club está momentáneamente en poder de los opositores. El caso es que las cuestiones políticas le hicieron mucho daño, y la división estuvo á punto de provocar su clausura, porque nadie pagaba la cuota mensual,—sobre todo entre los oficialistas, vulgo «carneros»,—y la falta de fondos no ha permitido dar una tertulia, como en años anteriores...
Esto no puede impedir, sin embargo, que la gente se divierta.