En efecto, apenas dan las doce campanadas, saludadas con sendas copas de vino (muchos no pueden realizar la proeza, por falta de estómago ó por falta de cobres), y apenas el licor empieza su marcha ascendente, hacia las alturas del cráneo, Mussio se sienta al piano y la emprende con un vals saltado que pone en movimiento á los más jaranistas y bailarines. No hay mujeres, naturalmente.

—¡Pan con pan comida de bobos!—exclama con sarcasmo Viera, el director de La Pampa.

Pero después de un par de brindis suplementarios, él también se enlaza con Silvestre, y es de ver á los dos, dando vueltas vertiginosas y llevándose por delante los muebles enfundados del salón, las sillas, el piano, los consocios mismos.

El piano chilla, ladra, maúlla, se queja; saltan como pistoletazos los tapones del vino espumante; un espectador lleva atronadoramente el compás con los pies, el bastón, las patas de la silla, otro tararea el vals á destiempo; el de más allá reclama un poco de silencio para lanzar un brindis de circunstancias; los jugadores de billar se asoman á la puerta que comunica con la sala de juego, risueños y enrojecidos, con el taco en la mano; los mozos y el capataz corren de un lado á otro, y en las ventanas de la calle aparece «vichando» con curiosidad y estupor, algún transeúnte retardado á quien sorprende aquella inusitada barahunda y que mañana desprestigiará á «todo lo mejor de Pago Chico», entregado así á la más escandalosa y abyecta orgía.

El de los brindis logra por fin hacerse escuchar, y apenas concluye sus votos de prosperidad, dicha y bienandanza con un «año nuevo vida nueva», lleno de modernismo, estalla la más formidable cencerrada que orejas pagochiquenses hayan oído jamás. El orador, mohino, se desliza hacia el «buffet» para reponerse del mal rato, mientras los demás continúan cacareando, ladrando, maullando, rebuznando ó echando los pulmones en alguna otra forma original.

En esto, como si la empujara el pampero en persona, ábrese de par en par la puerta del Club y entra desalado el oficial de policía, produciendo en los presentes, hasta en los más entusiasmados, la impresión acongojada de que acaba de ocurrir algo muy grave, alguna desgracia, algún cataclismo...

Como por encanto reina en el Club entero un silencio pavoroso.

—¡Señor comisario!—dice el oficial en voz baja, acercándose á Barraba.—El río Chico está desbordandose y amenaza inundar el pueblo. ¿Qué se hace?

Barraba ahoga una interjección de las suyas, parece meditar un segundo, y luego grita, perentoriamente y con voz de trueno, como un general que toma disposiciones en el momento decisivo de la batalla:

—¡Arme el piquete! ¡Vaya á paso de trote! ¡Mándeme el caballo! ¡Yo voy en seguida!