El silencio se hizo tan solemne y trágico, que todos se volvieron indignados hacia Silvestre que había oído y se sonaba ruidosamente las narices para no estallar en una carcajada.

—¡Revolución!

—¡Ataque á la comisaría!

—¡Invasión!

No se escuchaba otra cosa cuando los concurrentes comenzaron á animarse, una vez fuera el misterioso Barraba.

El boticario les dió la clave del enigma, pero no consiguió desarrugar los ceños. ¡Una inundación! ¡Canario!...

Sólo al día siguiente, cuando se vió que el Chico no salía de madre ni pensaba tal cosa, por la escasez de recursos que lo mantenía sometido á la familia, con agua apenas para regar las quintas de los prohombres oficiales, estalló del uno al otro extremo del Pago la homérica carcajada que Silvestre atajó la noche antes con el pañuelo.

El comisario había inaugurado bien el año nuevo, y por eso sigue diciéndose en nuestra tierra:

—¡Para barrabasadas, Barraba!...