—¡Como no! ¡Que vaya no más!
Y casi todos los domingos ambos montaban al tílbury, empuñaba las riendas Rufo, y al trote del moro, allá iban los dos por esas calles, dando vueltas y más vueltas, hasta cansarse de mirar muchachas en las puertas, para salir entonces á dar largos paseos por las quintas sin árboles y las chacras sin sembrados.
Ahora bien, aquella tarde del 31 de Diciembre, y como le consta al lector, terminado el inacabable machaqueo de la pomada mercurial, y el sempiterno lavado de frascos y botellas á gran fuerza de munición, Rufo acarreaba mate á la trastienda, en que Silvestre y Ruiz departían mano á mano.
—Mañana es primero de año... ¿qué piensas hacer?—preguntó de pronto el tenedor de libros.
—¿Yo?... ¡Ya sabés que no puedo abandonar la botica!...
—Pues yo pienso salir de caza, en el tílbury, así como te lo digo.
—Á cazar ¿qué?
—¡Patos, hombre, patos! ¿No sería excelente un guisado de pato para festejar el año nuevo?
—Sí, pero tenés que ir muy lejos...