—¡Quiá!
—No hay patos por aquí. Están muy perseguidos, se han puesto matrerazos y no se encuentran más que en los lagunones del Sauce y muy arriba del río Chico...
—¿Que no?... ¡Pues pululan!... Dejá que Rufo me acompañe, y en dos ó tres horas me comprometo á traerte un par de docenas... ¡Los comeremos mañana mismo!...
—¡Qué vas á tráer! Si no hay un pato ni p'a un remedio por aquí...
Ruiz medio sulfurado, se encaró entonces con Rufo, que entraba llevando el mate:
—¿No hemos visto centenares de patos el domingo, cuando salimos en el tílbury?
Rufo sonrió con sonrisa indefinible, y contestó muy afirmativo:
—Negriaban, sí, señor... Hasta en los charquitos...
—¡No puede ser!—exclamó Silvestre, incrédulo; y en seguida apeló á su sistema predilecto:—Te apuesto á que no tráis ni cinco en todo el día.