—¡Apostado! ¿Qué jugaremos?
—Que si cazás cinco patos, yo pago el vino bueno, los postres y el champán para nosotros y tres amigos más; si no cazás nada ó menos de cinco, vos pagás una buena comida en lo de Cármine... ¿Te conviene?
—¡Va apostado!
Era aún temprano, el pueblo dormía, cantaban los pájaros, y el sol bajo el horizonte iluminaba ya blandamente la tierra, cuando Rufo fué á buscar á Ruiz con el tílbury tirado por el moro.
El criollito socarrón iba tan alegre que el látigo chasqueaba en su mano como petardos, á pesar de que el moro llevara un trote bastante ágil en el aire vivo de la mañana.
El tenedor de libros estaba vestido y aguardaba ya, armado hasta los dientes, con escopeta de dos cañones, cuchillo de caza, morral, cinturón y cartuchera con más de cien cartuchos cuidadosamente cargados.
Salieron y ya á pocas cuadras del pueblo comenzó el tiroteo—¡pim, pam; pim pam!—y el caer de patos era una maravilla. Mansos, mansitos los animales se dejaban acercar bien á tiro, casi sin moverse junto á la misma orilla, y cuando uno quedaba espachurrado y flotando sobre el agua cenagosa de los pantanos, los otros parecían más sorprendidos que espantados por aquel estrépito y aquella matanza, como si nunca se les hubiese hecho un disparo... Después, convencidos de la abierta hostilidad, tendrían el vuelo bajito levantando el agua con las patas, como si navegaran á hélice, é iban á detenerse poco más lejos, de tal manera que el tílbury, hábilmente dirigido por Rufo, no tardaba en dejarlos á tiro otra vez...
Y ¡pim, pam; pim pam! la escopeta de Ruiz continuaba el estrago, amenazando dejar sin patos la comarca entera. Uno, dos, diez, veinte, cuarenta. ¡Cuarenta patos mató esa mañana el cazador forzudo delante del Señor, sin haber tenido siquiera que bajarse del tílbury!
Los ojos le brillaban de júbilo y entusiasmo.
Aquel éxito colosal lo había puesto tan nervioso que hasta marró algunos tiros, seguros sin embargo, con el apresuramiento y la avidez...