Cuando llegó á los cuarenta patos era aún temprano y Rufo cada vez más satisfecho, rebosándole la alegría por todos los poros, quería que continuase la hecatombe. Ruiz modestamente se negó, quizá apiadado de los inocentes palmípedos.

—Llevo ocho veces más de lo necesario para ganar la apuesta. ¡Ocho veces!... Silvestre va á trinar.

Se detuvieron á la puerta misma de la botica, y Rufo comenzó á bajar del tílbury y á introducir en el despacho el producto de la milagrosa cacería. Silvestre estaba en la trastienda, dale que le das al pildorero, preparando una de las fructíferas recetas de «aqua fontis y mica panis» que extendía el Dr. Carbonero, enemigo de la farmacopea, más no de la voluntad de los clientes que no querían curarse sin remedios. Pero ante la algazara de Ruiz, que bailaba y cantaba castañeteando los dedos, en una ruidosa pírrica al rededor de los patos, no pudo menos que abandonarlo todo y precipitarse á la tienda para ver aquello...

En el patio se oía un desordenado repiqueteo de almirez. Con desusado celo, como si una terrible urgencia lo impulsara, Rufo machacaba febrilmente la pomada mercurial, hecha ya sin embargo. Y acompañando el redoble del mortero, sonaba algo entre regaño y risa reprimida.

Una carcajada homérica sacudió de pies á cabeza á Silvestre, en cuanto se vió delante del informe montón de los cuarenta patos; y sin dar tiempo á que Ruiz volviera de su asombro, habíase lanzado como una flecha, atravesado la calle y entrado como un ventarrón en la imprenta de La Pampa, en cuyo interior siguieron estallando sus inextinguibles risotadas.

Ruiz, perplejo, se había quedado inmóvil y aturdido, en medio de la farmacia, con la boca entreabierta y los brazos colgando frente á su botín cinegético.

Siguiendo á Silvestre, apareció Viera, director de La Pampa, y el administrador, y los cajistas, y luego otros más, atraídos por el ruido y el movimiento, hasta formar cola á la puerta.

Y el boticario «indino» continuaba en sus carcajadas, interrumpiéndose sólo para exclamar:

—¡Miren los patos que ha cazado Ruiz! ¡Miren los patos p'año nuevo que ha cazado Ruiz!...

Y el público le hacía coro, y allí en el patio el repique del almirez adquiría sonoridades de campana echada á vuelo.