Ruiz quería hablar, desconcertado, llorando casi con aquella burla inacabable; pero las risas, las exclamaciones y los chascarrillos no lo dejan meter baza, ni averiguar la causa de semejante tremolina. Por fin oyó la clave del enigma:
—¡Son gallaretas!
Y aunque no supiese lo que es una gallareta, comprendiendo que había cazado gato por liebre, tomó el sombrero, abrióse paso, trepó al tílbury y manejando por primera vez de su vida, puso al moro al trote largo para escapar de las risotadas, cuyo eco lo persiguió hasta volver una esquina...
Pasada la primera impresión y disuelto el corro, Silvestre creyó prudente reprender á Rufo, por honor de la jerarquía. Al fin Ruiz era su amigo...
—¿Por qué lo has dejado matar tanta gallareta?
—¡P'a que aprienda, pues!
—También hubiese aprendido si le hubieras dicho antes...
—¡Qu'esperanza, patrón! ¿No está viendo que se podía haber olvidau...? ¡Y lo qu'es áura, no se olvida ni á tiros!...