No extrañará esta filípica del oficialista Justiciero, si se tiene en cuenta que el director andaba otra vez en coqueterías con las autoridades para ver de sacarles mayor tajada, pues iban á necesitarlo para las elecciones. Y el suelto era justo, porque la tolerancia para los desmanes del joven Manuel Pérez pasaba de raya, y era una amenaza general, pues el rico é ignorante pillete se engreía y ensoberbecía con la impunidad.
En cuanto á D. Lucas, confiaba demasiado. Él no había escrito el suelto, es verdad. Se le permitía lucubrar muy pocas veces; desde que se inclinó «ante la tumba del deplorable vecino» D. Fulano, y dijo cuando la muerte de la madre de Bermúdez, china nonagenaria, que la distinguida matrona había fallecido «en la flor de su edad». Pero él, en cambio, para desquitarse, atribuíase con desparpajo singular, siempre que le era posible, cuanto artículo, suelto ó noticia publicaba El Justiciero, de modo que todo el mundo acabó por creer siquiera en su colaboración.
Marchaba, pues, con paso deliberado, echándose para atrás, salido el vientre, la cabeza erguida, agigantada en su concepto la corta estatura, mientras bajo la espalda evolucionaban burlonamente los largos faldones de su jaquet; y no había andado dos cuadras, cuando se quedó frío, corrióle un cosquilleo de la nuca á los pies, y sólo merced á un heroico esfuerzo pudo llevarse la mano trémula al bigote y erguirse casi hasta caer de espaldas... Manuelito Pérez se adelantaba rápido y colérico hacia él, con un ejemplar de El Justiciero en la mano.
—¿Quién ha escrito esta noticia?—preguntó el jovenzuelo con voz reconcentrada y amenazadora en cuanto estuvo á su lado.
Un velo pasó por los ojos de D. Lucas; sintió que se le aflojaban las piernas, pero haciendo de tripas corazón:
—¡No sé!—contestó secamente.
—¡Qué no ha de saber!
—¡No sé!
—¡Usté no más será, gallego!
—Y si fuera...—acertó, lívido, á balbucir don Lucas.