—¡Ahora verá!
Y Manuelito, echando atrás la pierna derecha, llevó la mano á la cintura. Trémulo, D. Lucas retrocedió y desenvainó el virgen estoque, buscando con la vista una persona que lo auxiliase en la calle solitaria abrasada por el sol, un objeto, el hueco de una puerta en que parapetarse... Pero no tuvo tiempo para nada. Oyó una detonación clara y seca, sintió un golpecito en el pecho, y al rodar por la acera, vió como en un escenario al bajarse rápidamente el telón, que Pérez corría con un revólver, en cuyo extremo flotaba una vedijita de algodón, y que algunos vecinos se asomaban alarmados. Y se desmayó.
...La grita de los periódicos—«la prensa local»,—y especialmente de El Justiciero, fué tan grande, que la policía se vió obligada á proceder, descubriendo, una semana más tarde, el escondite de Manuelito, conocido por todo el mundo desde el primer día. Y el jovenzuelo fué á dar á La Plata, con un sumario que parecía hecho por su mismo abogado defensor...
Ortega era, entretanto, objeto de las más entusiastas manifestaciones. El Justiciero narraba extensamente los detalles del combate, en que su administrador, heroico, había perdonado ya la vida al asesino que tenía en la punta del estoque, cuando éste, retirándose vencido, le había alevosa y traidoramente disparado un tiro de revólver. Y en seguida hablaba del sacerdocio de la prensa, de los sacrificios hechos en aras del pueblo, de la ingratitud, que generalmente es la única corona de los mártires que ofrecen en holocausto por el bien público toda la generosa sangre de sus venas, y patatín y patatán... Enorme éxito, indescriptible entusiasmo. La gente se agolpaba á la imprenta.
Al día siguiente, y en cuanto los doctores Fillipini y Carbonero declararon que la herida no era de gravedad y que el paciente podía recibir visitas—no muchas á la vez, ni demasiado charlatanas,—el pobre cuartujo de Ortega, revuelto y sórdido, quedó convertido en sitio de obligada y fervorosa peregrinación. D. Lucas había leído los diarios, se había extasiado con las ditirámbicas apologías de El Justiciero, pero nada le produjo tan intensos goces, tan férvido orgullo, como aquella continuada procesión admirativa, en que figuraban los hombres más importantes de Pago Chico, y en que ni siquiera faltaban damas,... como que un día se le apareció misia Gertrudis, la vieja esposa del tesorero municipal, presidenta de las Damas de Beneficencia...
¡Cuánto incienso recibió D. Lucas, visitado, asistido, festejado, adulado por aquella muchedumbre, ascendido de repente á la categoría de grande hombre, de prócer, de redentor crucificado!... Nadie le demostraba compasión, sin embargo; todos se derretían de admiración respetuosa, prontos á venerarlo, á idolatrarlo. ¡Tanto valor, tanta abnegación, tanta grandeza de alma! ¡Atreverse á oponer un simple estoque á una arma de fuego, vencer al terrible enemigo, perdonarle la vida!... ¡Y todo por el pueblo!
—Ahora comprendo—pensaba D. Lucas,—cómo se repiten las hazañas peligrosas. ¡Se puede ser héroe!
Él lo era en su concepto. Lo fué algunos días en el de los pagochiquenses. Porque ¡ay! nada es eterno, y la herida, tardando demasiado en cicatrizarse á causa de tantas emociones, dió tiempo para que el entusiasmo se enfriara poco á poco antes de que D. Lucas pudiera tenerse en pie. Cuando salió á la calle, su aventura era ya un hecho mítico, desleído en las nieblas del pasado; nadie le daba importancia, nadie hacía alusión á él.
Pero Ortega no lo advirtió: La embriaguez de la apoteósis había sido tan intensa, que se convirtió en megalomanía. Pálido, demacrado, se paseaba por el pueblo, pavoneándose, convertido en arco de tanto de echarse atrás, haciendo pininos para erguirse y crecerse. Y miraba á todos con soberanas sonrisas protectoras ó con gesto avinagrado y despreciativo, según qué fuera aquél en quien se dignaba detener la vista.
Periodista, sacerdote, mártir, magnánimo, defensor del pueblo, víctima del deber... Sí, todo eso era muy hermoso; pero lo que más lo enorgullecía era su fama de valiente. Ser valiente en la tierra del valor ¡él!... Y se frotaba las manos y sonreía de regocijo, convencido de su gloria.