Desde entonces usó revólver á la cintura, no dejándolo sino bajo la almohada, de noche, al acostarse. Hablaba alto en el taller, en la administración, en la redacción, en la calle, en el café, en el circo, haciéndose notar, demostrando que no abrigaba temor á nada ni á nadie. Cada frase suya era una sentencia, aun ante el mismo director de El Justiciero. Tenía ademanes rotundos de caballero andante pronto á lanzarse contra una cuadrilla de malandrines. El manso se había convertido en impulsivo, con el deschavetamiento del amor propio exacerbado.

—Es siempre malo que á un sonso se le aparezca un dijunto—solían decir algunos más avisados, al ver pasear á Ortega con el sombrero en la nuca y haciendo molinetes con el bastón.

Silvestre vaticinaba algún futuro desmán, refunfuñando entre dientes al vislumbrar la silueta del nobilísimo Quijote:

—Decile á un sonso que es guapo y lo verás matarse á golpes—uno de sus refranes favoritos, sólo que «matarse» resultaba en sus labios otra cosa.

Y el boticario criollo no dejaba de tener razón.

Ortega acostumbraba tomar el vermouth vespertino en la confitería de Cármine, con el estanciero Gómez, el anglo americano White, famoso por su fuerza hercúlea, el doctor Fillipini algunas veces, y otros amigos.

Un día que D. Lucas se había retardado en la imprenta, el acopiador Fernández se acercó á la mesa, trabando conversación de negocios con Gómez. No estaban conformes en un punto... discutieron, se acaloraron, pasaron á las injurias... De pronto Fernández, ciego de ira, poniéndose de pie, alzó la mano como para dar una bofetada á su contrincante. White, más rápido, pudo evitar la realización del hecho, asiendo á Fernández por los brazos, de atrás. Gómez, blandiendo una silla, se había puesto en guardia, mientras su adversario forcejeaba por desprenderse de las manos férreas de White. La actitud del grupo era realmente amenazadora; y la desgracia quiso que en ese momento entrara Ortega...

Ver aquello, y sin detenerse á reflexionar ni qué era, ni de parte de quién estaban la ventaja y la razón, sacar el revólver de la cintura, fué todo uno para el héroe novel que sólo soñaba batallas y victorias. Y en menos de lo que se tarda en contarlo, hubo un estampido, un poco de humo, un hombre muerto, y el estupor pasó batiendo las alas, petrificando á los actores y espectadores de aquel drama que sólo había tenido desenlace, y que sería comedia á no mediar un cadaver.