Y cuando se vió solo en la oficina de la comisaría, preso, con un homicidio encima, la prolongada embriaguez del heroísmo se desvaneció en aquel pobre cerebro y don Lucas se echó á llorar como una criatura...


CON LA HORMA DEL ZAPATO

«Tengo el honor y la satisfacción de comunicar á usted, por orden del señor Intendente, que desde la fecha queda suspendido y exonerado de su cargo de subdirector y segundo médico del Hospital municipal, por razones de mejor servicio, y agradeciéndole en nombre del municipio los servicios prestados. Tengo el gusto de saludarlo con toda consideración, etc., etc.»

Llegó esta nota á manos del doctor Fillipini al día siguiente de la elección que consagró, por su consejo, municipal á Bermúdez.

—¡Mascalzone!—exclamó, pensando en su protegido de un minuto.

Pero sin que el despecho le ofuscara el raciocinio, salió de casa en busca del firmante de la nota en primer lugar. Era éste el secretario de la Intendencia, y podía aclararle muchos puntos, útiles para sus manejos ulteriores. Le encontró tomando café y copa en la confitería de Cármine. Haciendo un grande esfuerzo, un acto heroico, pagó la «consumación» y pidió «otra vuelta».

—Dígame, Bustos,—preguntó por fin;—¿por qué me destituye don Domingo?

—¡Hombre, no sé!—contestó el otro, paladeando su anís, y no por sutileza ni reserva política, sino por nebulosidad cerebral.