El artículo de El Justiciero, inspirado por Ferreiro, era mucho menos contundente, y no apaleaba en el suelo al infeliz don Ignacio.
«Se ahorra muchos disgustos—decía,—y permite á Pago Chico volver á la marcha normal de sus instituciones, dirigida por hombres que, cuando menos, tienen la experiencia del gobierno, el conocimiento de las necesidades públicas y el tacto que se requiere para no provocar á cada momento graves incidentes y dolorosas complicaciones.»
Como en aquel tiempo la Suprema Corte, instrumento político de primer orden para el gobierno, recibía cada mes cuatro ó cinco expedientes de conflictos municipales, y los apilaba sin piedad para años enteros si el ejecutivo interesado en la resolución de alguno de ellos no le mandaba otra cosa, el «juicio político» de don Ignacio no había prosperado aún, y mediando la renuncia de la intendencia, de acuerdo los municipales y él, pudieron retirarse los escritos y echar sobre el asunto una montaña de tierra.
Don Ignacio, después de esta tragedia, casi no salía de su casa. Cuando se le hallaba por la calle parecía un pollo mojado. El apabullamiento había sido completo. Sin embargo Silvestre no le perdonaba, y una tarde que lo encontró, tuvo todavía alma de decirle:
—Lo de la honradez ya lo sabemos, don Inacio. Pero, tengo curiosida... ¿alcanzó á desquitarse del todo?
El otro estuvo á punto de morderlo, y lo hubiera hecho á no ponerse Silvestre á buen recaudo, gritándole:
—¡Lástima que no le dejaran empezar la honradez!... ¡No queda peso con vida!...