—El escribano Ferreiro le aconsejará lo mejor que pueda hacer. Nosotros lo hemos declarado fuera del partido.
El diario publicó, en efecto, esta resolución al día siguiente.
Silvestre, menos cruel, lo fué mucho más en realidad, desahuciándolo en esta forma:
—¡Tome campo ajuera, don Inacio! ¡Agarre de una vez p'a'l lau del miedo! ¡Métase en un zapato y tápese con otro!...
Don Ignacio trató de defenderse, «quiso corcovear», empezó una larga disertación, puntualizando sus principios, desarrollando sus planes de reforma, enarbolando su bandera cívica... Silvestre que lo miraba con la cabeza inclinada ora á la derecha ora á la izquierda, de tal modo que el intendente podía apenas contener su ira furiosa, le interrumpió de pronto, exclamando con su tono más burlón y agresivo:
—¡Ande vas conmigo á cuestas!...
Estuvo á punto de recibir un tremendo puñetazo que sólo evitó gracias á su agilidad. Pero era cierto. Don Ignacio no podía ya engañar á nadie ni engañarse á sí propio, siquiera. Aguardabalo el ostracismo que la patria ingrata reserva á sus grandes hombres... Al día siguiente renunció.
La Pampa de Viera dijo que aquello era un colmo de cobardía, la negación de todo valor cívico, la confesión de una falta absoluta de conciencia del valor, de las propias acciones, una mancha indeleble que caía sobre la reputación y el carácter de don Ignacio, como hubiera caído sobre el partido entero, si éste no hubiera repudiado y excomulgado á tiempo á la pobre oveja descarriada, que sólo merecía desprecio en la acción pública, lástima y olvido en la vida privada, que nunca debió abandonar.