Los principistas, entre tanto, trataban de demostrar que el extravío de un hombre no podía en modo alguno empañar la limpidez y el brillo de todo un programa de honestidad y de pureza. Y Ferreiro y los suyos, aprovechando la bolada, hacían lo imposible para aumentar el escándalo y el desprestigio alrededor de aquel puritano pringado hasta las cejas apenas se había metido en harina.

—Así son todos,—predicaban.—¡Quién los oye! ¡Los mosquitas muertas, en cuantito pueden se alzan con el santo y la limosna!

Ferreiro, al aconsejar á los delegados oficialistas de la capital, primero que hicieran municipal á don Ignacio y después que le dieran la intendencia, había echado bien sus cuentas y deseaba dar un golpe maestro que las circunstancias le presentaban maravillosamente, porque, como él solía decir á sus íntimos:

—¡Más vale pelear de arriba que de abajo! Cuando uno tiene la sartén por el mango no hay quién se le resista.

Pues bien, Ferreiro, conociendo el flaco del «desquite» que aquejaba á don Ignacio, trató de hacerle pisar el palito, pero de tal modo que, al caer, no arrastrara consigo á uno siquiera de los instrumentos que le habían servido siempre en el gobierno local y sus adyacencias. El problema, aparentemente difícil, era de una sencillez bíblica. Ferreiro lo resolvió con un golpe de vista y una decisión napoleónicas.

La oportuna renuncia del comisario de tablada,—provocada por Ferreiro bajo promesa solemne de reposición é indemnización satisfactoria,—permitió á don Ignacio reemplazarlo con un hombre de su confianza, hechura suya, «capaz de echarse al fuego por él», y más, cuando el fuego estaba agradablemente substituido por el bolsillo del contribuyente.

Nadie se opuso al nombramiento, ni nadie lo criticó, salvo los copartidarios del intendente, á quienes todo aquello olía á chamusquina. Bernárdez, pillete carrerista y gallero, que nunca había sido trigo limpio, comenzó en paz á ejercer sus funciones de comisario de tablada, coimeando y robando á gusto, y con prisa, como parte de «esa oposición que tiene el estómago vacío desde hace veinte años, y quiere saciar en una semana el hambre de un cuarto de siglo»,—como decía El Justiciero.

No costó mucho á Ferreiro amontonar pruebas escritas y testimoniales de aquellas exacciones y de la participación que en ellas tenía don Ignacio, provocando con ellas un bochinche de doscientos mil demonios. Interpelación al intendente en el seno del concejo. Réplica anodina del interpelado. Iniciación por el concejo, ante la Suprema Corte de La Plata, de un juicio político contra el intendente don Ignacio Peña, acusado de abuso de autoridad, malversación de fondos, extorsión, la mar...

Á todo esto, don Ignacio no había rescatado ni la mitad de los pesitos invertidos en la campaña opositora, y á cualquier lado que mirara no veía sino enemigos, pues todo el mundo se le había dado vuelta. Abocado al naufragio, suspendido por la Corte, con la comisaría de la tablada intervenida por el tesorero municipal, aquél de la larga fama, dirigió los ojos angustiados hacia los cívicos, esperando hallar entre sus brazos un refugio, por lo menos la piedad y el perdón que alcanzó el hijo pródigo.

Nadie le hizo caso. Era la oveja sarnosa que podía contaminar y desprestigiar la majada entera. En La Pampa, Viera le dijo sin piedad: