Ferreiro no aludió nunca á la escaramuza aquélla, pero desde entonces tuvo siempre muy en cuenta á Fillipini, que, como es lógico, siguió de segundo médico perpetuo en el Hospital Municipal de Pago Chico.


EL DESQUITE DE DON IGNACIO

La historia del gobierno de don Ignacio, llegado por maquiavélica combinación política á Intendente Municipal de Pago Chico, sería tan larga y tan confusa como la de cualquier semana del nebuloso y anárquico año 20. ¡Como que duró más de una semana éste! ¡duró mes y medio!

Mes y medio lo tuvieron de pantalla los oficialistas, desprestigiando en su persona á la oposición. Todo era agasajo y tentaciones para él: á cada instante se le ofrecía un negocito, una coima ó se le hacía «mojar» en algún abuso más ó menos disimulado. En los primeros días don Innacio reventaba de satisfacción: parecíale que el mero hecho de mandar él había cambiado radicalmente la faz de las cosas, que el pueblo tenía cuanto deseaba y soñaba, que los pagochiquenses vivían en el mejor de los mundos...

Indecible es la explosión de su rabia, primero cuando Silvestre le dijo las verdades en su propia cara, y después cuando Viera le aplicó en La Pampa, varios cáusticos de ésos que levantan ampolla. Don Ignacio quería morder, y trataba de echarse en brazos de sus noveles amigos los situacionistas, que acogían sus quejas con encogimientos de hombros y risas socarronas, contentísimos de verlo enredado en las cuartas.

Lo del desquite se había hecho público y notorio, gracias á la buena voluntad del farmacéutico.

—¿Cuándo podrá ser honrado don Ignacio?—se preguntaba generalmente, como chiste de moda.

—¡Cuando la rana críe pelos!—replicaba alguno.—¡Ya le ha tomado el gustito!