El 23 de septiembre de 1534, Miguel Ángel volvió a Roma, donde debía permanecer hasta su muerte[309]. Hacía veintiún años que la había dejado. En estos veintiún años, había hecho tres estatuas del monumento no terminado de Julio II, siete estatuas no terminadas del monumento no terminado de los Médicis, el Vestíbulo no terminado de la Laurenziana, el Cristo no terminado de Santa María de la Minerva, el Apolo no terminado para Baccio Valori. Había perdido su salud, su energía, su fe en el arte y en la patria. Había perdido el hermano a quien quería más[310]. Había perdido a su padre que adoraba[311]. A la memoria del uno y del otro había elevado un poema de dolor, admirable, incompleto como todo lo que hacía, ardiendo por la pasión de morir:

“...Ahora que el cielo te arrancó de nuestra miseria, ten compasión de mí que vivo muerto!... has matado a la muerte y te has hecho divino; no temes los cambios de la vida y del deseo; apenas puedo escribirlo sin envidia. La fortuna y el tiempo que nos traen únicamente la alegría dudosa y la desgracia segura, no se atreven a pasar vuestra puerta. Ninguna nube obscurece vuestra luz, el paso de las horas no os inquieta, la necesidad y el azar no os impulsan. La noche no amortigua vuestro esplendor, ni el día lo aumenta a pesar de su claridad. Por tu muerte aprendo a morir, mi querido padre. La muerte no es, como algunos creen, lo peor para aquél cuyo último día es el primero y eterno cerca del trono de Dios. Ahí espero y creo volver a verte, por la gracia de Dios, si mi razón arranca a mi corazón del fango terrestre y si el máximo amor entre el padre y el hijo crece en el cielo como todas las virtudes”[312].

Nada lo retiene ya en la tierra: ni arte, ni ambiciones, ni ternura, ni esperanza de ninguna especie. Tiene sesenta años, su vida parece terminada; está solo, no cree en sus obras; tiene la nostalgia de la muerte, el deseo apasionado de escapar al fin, “del cambio del ser y del deseo, de la violencia de las horas, de la tiranía, de la necesidad y del azar”.

“...¡Ay de mí! ¡Ay de mí! he sido traicionado por mis días fugaces... he esperado demasiado; el tiempo ha huido y yo me encuentro viejo. Ya no puedo arrepentirme ni recogerme con la muerte cerca de mí. Lloro en vano: no hay desgracia igual al tiempo perdido...”.

“¡Ay de mí! ¡Ay de mí!... ¡cuando vuelvo los ojos hacia mi pasado no encuentro ni un solo día que haya sido mío! Las falsas esperanzas y el vano deseo, lo reconozco ahora, me han tenido llorando, amando, ardiendo y suspirando—porque ningún afecto mortal me es desconocido—lejos de la verdad... ¡Ay de mí!, ¡ay de mí! No sé adónde voy y tengo miedo, y si no me equivoco—¡oh!, Dios quiera que me equivoque—veo el castigo eterno, ¡oh Señor!, por el mal que he hecho conociendo el bien, y ya no sé qué esperar...”[313].

NOTAS:

[264] Poesías, XLIX.

[265] Carta de septiembre de 1512, a propósito de lo que había dicho sobre el saqueo de Prato por los Imperiales, aliados de los Médicis.

[266] Carta de Miguel Ángel a Buonarroto (septiembre de 1512).

[267] “No soy un loco, como os imagináis...”. (Miguel Ángel a Buonarroto, septiembre de 1515).