Y en otra poesía exclamaba: “El cielo está dormido, puesto que uno solo se apropia los bienes de muchos hombres”.
Y Florencia responde a sus gemidos[293]: “No interrumpáis vuestros santos pensamientos; el que cree haberos despojado de mí, no goza de su gran crimen por causa de su gran miedo. Menor alegría es para los amantes la plenitud del goce que extingue el deseo, que la miseria llena de esperanza”[294].
Hay que pensar en lo que fué el saqueo de Roma y la caída de Florencia para los espíritus de entonces. Una quiebra espantosa de la razón, un derrumbamiento.
Muchos ya no se volvieron a levantar. Un Sebastián del Piombo cae en un escepticismo despreocupado: “He llegado a tal extremo que el universo podría hundirse sin que a mí me importe, y me río de todo... No me parece que todavía sea yo el Bastiano de antes del saqueo, no puedo volver en mí”[295].
Miguel Ángel piensa en matarse: “Si alguna vez es permitido darse la muerte, sería muy justo que este derecho perteneciera a quien, lleno de fe, vive esclavo y miserable”[296]. Estaba en una convulsión de espíritu. Cayó enfermo en junio de 1531. Clemente VII se esforzaba en vano por tranquilizarlo. Le mandaba decir por conducto de su Secretario y de Sebastián del Piombo, que no se excediera en el trabajo, que tuviera moderación para no fatigarse, que de vez en cuando diera un paseo, que no se redujera a la condición de un rudo operario[297]. En el otoño de 1531 se temía por su vida. Uno de sus amigos escribía a Valori: “Miguel Ángel está extenuado y enflaquecido. He hablado de ello últimamente con Bugiardini y Antonio Mini, y estamos de acuerdo en que no vivirá mucho si no se le cuida seriamente. Trabaja demasiado, come poco y mal, y duerme todavía menos. Desde hace un año sufre dolores de cabeza y de corazón”[298]. Clemente VII se preocupó; el 21 de noviembre de 1531 un Breve del Papa prohibió a Miguel Ángel, bajo pena de excomunión, trabajar en otra cosa más que en la tumba de Julio II y en la de los Médicis, para que pudiera conservar su salud “y glorificar por más tiempo a Roma, a su familia y a sí mismo”[299].
Lo protegió contra las impertinencias de Valori y de los ricos pedigüeños que iban, según la costumbre, a mendigar obras de arte y a imponer a Miguel Ángel nuevos trabajos. “Cuando te pidan un cuadro, debes sujetarte en el pie tu pincel, pintar cuatro rasgos y decir: el cuadro está hecho”[300]. Se interpuso entre Miguel Ángel y los herederos de Julio II, que se hacían cada vez más amenazantes[301]. En 1532 se firmó un cuarto contrato entre los representantes del duque de Urbino y Miguel Ángel, respecto a la tumba; Miguel Ángel prometió hacer un nuevo modelo del monumento, muy reducido[302], terminarlo en tres años y pagar todos los gastos, así como dos mil ducados por todo lo que había recibido ya de Julio II y de sus herederos. “Bastará con que se encuentre en la obra, escribe Sebastián del Piombo a Miguel, un poco de vuestro olor”. Un poco del vostro odore[303]. Tristes condiciones, porque lo que así firmaba Miguel Ángel era el fracaso de su gran proyecto y todavía tenía que pagar por esto. Pero en verdad lo que firmaba Miguel Ángel en cada una de sus obras desesperadas, era el fracaso de su vida, el fracaso de la Vida.
Después del proyecto del monumento de Julio II se hundió el proyecto de las tumbas de los Médicis. Clemente VII murió el 25 de septiembre de 1534; y Miguel Ángel, por fortuna, estaba entonces ausente de Florencia. Desde hacía mucho tiempo vivía allí con inquietud porque el duque Alejandro de Médicis lo odiaba. Si no hubiera sido por el respeto del Papa, lo hubiera mandado matar[304]. Su enemitad había crecido aún, desde que Miguel Ángel se había rehusado a contribuir a la sujeción de Florencia elevando una fortaleza para dominar la ciudad; rasgo de valor que demuestra bastante en este hombre tímido la grandeza de su amor a la patria.
Desde hacía mucho tiempo Miguel Ángel esperaba todo de parte del duque; y cuando Clemente VII murió no pudo salvarse más que por la casualidad que lo hizo estar en aquel momento fuera de Florencia, adonde no volvió ya más[305]. La Capilla de los Médicis no fué nunca terminada. Lo que conocemos con este nombre no tiene más que una lejana relación con lo que había soñado Miguel Ángel; apenas nos queda el esqueleto de la decoración mural. No solamente Miguel Ángel no había ejecutado ni la mitad de las estatuas[306], ni las pinturas que proyectaba[307]; pero cuando sus discípulos se esforzaron más tarde por descubrir y completar su pensamiento, él mismo no fué capaz de decirles cuál había sido[308]; había renunciado tan absolutamente a todas sus empresas, que las había olvidado.