“Tú, que me has quitado la alegría de vivir”, dice a Cavalieri[335].

A estas poesías demasiado apasionadas, “el dulce y amado señor”[336] Cavalieri oponía su frialdad afectuosa y tranquila[337]. La exageración de esta amistad le chocaba en secreto. Miguel Ángel se disculpaba:

“Mi querido señor, no te irrites por mi amor que se dirige solamente a lo que hay de mejor en ti[338]; porque el espíritu de uno debe sentirse atraído por el espíritu del otro. Lo que yo deseo, lo que yo encuentro en tu hermoso rostro, no puede ser comprendido por los hombres vulgares. Quien quiera comprenderlo tiene que morir antes”[339].

Y seguramente esta pasión de la belleza no tenía nada que no fuera honesto[340]. Pero la esfinge de este amor ardiente y turbio[341], y casto a pesar de todo, no dejaba de ser inquietante y alucinada.

Estas amistades mórbidas—esfuerzos desesperados para negar la nada de su vida y para crear el amor del cual estaba hambriento,—fueron substituidas afortunadamente por el cariño sereno de una mujer, que supo comprender a este niño viejo, solo y perdido en el mundo, y que devolvió a su alma lacerada un poco de paz, de confianza, de razón, y la aceptación melancólica de la vida y de la muerte.


En 1533 y 1534[342], fué cuando la amistad de Miguel Ángel por Cavalieri llegó a su paroxismo. En 1535 comenzó a conocer a Vittoria Colonna.

Había nacido ella en 1492; su padre era Fabrizio Colonna, señor de Paliano, príncipe de Tagliacozzo. Su madre, Inés de Montefeltro, era hija del gran Federico, príncipe de Urbino. Su familia una de las más nobles de Italia, una de aquéllas en las cuales había encarnado mejor el luminoso espíritu del Renacimiento. A los diecisiete años se casó con el marqués de Pescara, Ferrante Francesco d’Avalos, gran General y vencedor de Pavía. Ella lo amó; él no la amó. No era hermosa[343].