Las medallas que se conocen de ella muestran un semblante viril, voluntarioso y un poco duro; frente alta, nariz larga y recta, labio superior corto, y labio inferior un poco saliente; boca apretada y mentón enérgico[344].

Filonico Alicarnasseo, que la conoció y escribió su vida, deja entender, a pesar de todas las reticencias que usa, que era fea: “cuando se casó con el marqués de Pescara—dice—se dedicó a desarrollar los dones de su espíritu, porque como no poseía gran belleza, se instruyó en las letras para asegurarse la belleza inmortal, que no pasa como la otra”. Era apasionadamente intelectual. En un soneto dice de sí misma que “los sentidos groseros, impotentes para formar la armonía que produce el puro amor de las almas nobles, no produjeron nunca en ella ni placer ni sufrimiento... Una llama clara—agrega—elevó tan alto mi corazón, que los pensamientos bajos lo ofenden”. No estaba hecha para ser amada por el brillante y sensual Pescara. Pero como lo dispone la sinrazón del amor, estaba hecha para amarlo y para sufrir por ello.

Sufrió cruelmente, en efecto, las infidelidades de su marido, que la engañaba en su propia casa, a la vista de todo Nápoles. Sin embargo, cuando él murió, en 1525, no se consoló; se refugió en la religión y en la poesía; llevó una vida de claustro en Roma y después en Nápoles[345]; sin renunciar desde luego a los pensamientos del mundo, buscaba la soledad sólo para absorberse en el recuerdo de su amor y cantarlo en sus versos. Estaba relacionada con todos los grandes escritores de Italia, con Sadoletto, Bembo, Castiglioni, quien le confió el manuscrito de su Cortegiano; con el Ariosto, que la celebró en su Orlando; con Pablo Jovio, Bernardo Tasso, Ludovico Dolce. Después de 1530 sus sonetos circularon por toda Italia y le conquistaron una gloria única entre las mujeres de su tiempo. Retirada en Ischia, cantaba sin cansarse su amor transfigurado, en la soledad de la bella isla, en medio del mar armonioso.

Pero desde el año de 1534 se dedicó a la religión por completo. El espíritu de reforma católica, el libre espíritu religioso que tendía entonces a regenerar a la Iglesia evitando el cisma, se apoderó de ella. No se sabe si conoció en Nápoles a Juan de Valdés[346]; pero la conmovieron profundamente las predicaciones de Bernardino Ochino, de Siena;[347] y fué amiga de Pietro Carnesecchi[348], de Giberti, de Sadoletto, del noble Reginaldo Pole, y del más grande de estos prelados reformadores que constituyeron en 1536 el Collegium de emendanda Ecclesia, el Cardenal Gaspare Contarini[349], quien intentó en vano establecer la unidad con los protestantes en la Dieta de Ratisbona y se atrevió a escribir estas valientes palabras[350]:

“La ley de Cristo es una ley de libertad... no se puede llamar gobierno al que está regido por la voluntad de un hombre, inclinado por la naturaleza al mal e impulsado por innumerables pasiones. ¡No! Toda soberanía es una soberanía de la razón. Tiene por objeto conducir por caminos de justicia a todos aquéllos que le están sometidos a su justo fin: la felicidad. La autoridad del Papa es también una autoridad de la razón. Un Papa debe saber que ejerce esta autoridad sobre hombres libres. No debe a su arbitrio ordenar, prohibir o dispensar, sino únicamente según las reglas de la razón, de los divinos mandamientos y del amor. Esta regla conduce todo a Dios y al bien común”.

Vittoria fué una de las almas más exaltadas de este pequeño grupo idealista, donde se unían las más puras conciencias de Italia. Tuvo correspondencia con Renato de Ferrara y con Margarita de Navarra; y Pier Paolo Vergerio, más tarde protestante, la llamaba “una de las luces de la verdad”. Pero cuando comenzó el movimiento de contrarreforma dirigido por el despiadado Caraffa[351], cayó en una duda mortal. Era, como Miguel Ángel, una alma apasionada pero débil; tenía necesidad de creer y era incapaz de resistir a la autoridad de la Iglesia. “Se mortificaba con ayunos y cilicios de tal manera que ya no le quedaba más que la piel sobre los huesos”[352]. Su amigo el Cardenal Pole[353] la tranquilizó obligándola a someterse, a humillar el orgullo de su inteligencia y a olvidarse en Dios, en una especie de embriaguez de sacrificio... Pero no se sacrificaba únicamente a sí misma sino a sus amigos, porque tuvo que renegar de Ochino y entregar sus escritos a la Inquisición de Roma. Como Miguel Ángel, este gran espíritu estaba aniquilado por el miedo. Ahogaba sus remordimientos en un misticismo desesperado:

“Habréis visto el caos de ignorancia donde yo estaba, y el laberinto de errores hacia donde iba, con el cuerpo perpetuamente en movimiento para encontrar reposo y el alma siempre agitada para encontrar la paz. Dios ha querido que se me dijera ‘Fiat lux!’ y que se me mostrara que yo no era nada y que todo estaba en Cristo”[354].

Deseaba la muerte como una liberación, y murió el 25 de febrero de 1547.