Conoció a Miguel Ángel cuando estaba más penetrada del libre misticismo de Valdés y de Ochino. Esta mujer triste y atormentada, que tenía siempre necesidad de un guía para apoyarse, no tenía menos necesidad de un ser más débil y más desgraciado que ella para dedicarle todo el amor maternal que llenaba su corazón.

Procuró ocultar su turbación a Miguel Ángel; serena en apariencia, reservada, un poco fría, le trasmitió la paz que ella tenía que pedir a otro. Su amistad, iniciada por el año de 1535, fué íntima desde el otoño de 1538 y por completo fundada en Dios. Vittoria tenía cuarenta y seis años y él sesenta y tres; ella vivía en Roma, en el Claustro de San Silvestre in Capite, abajo del Monte Pincio.

Miguel Ángel habitaba cerca del Monte Cavallo. Se reunían los domingos en la Iglesia de San Silvestre del Monte Cavallo. El hermano Ambrogio Caterino Politi les leía las Epístolas de San Pablo y ellos las discutían juntos. El pintor portugués Francisco de Holanda nos ha conservado el recuerdo de estas conversaciones en sus cuatro Diálogos sobre la pintura[355]. Son un cuadro vivo de esta amistad grave y tierna.

La primera vez que Francisco de Holanda fué a la Iglesia de San Silvestre, encontró a la marquesa de Pescara con algunos amigos escuchando la lectura piadosa.

Miguel Ángel no estaba ahí. Cuando terminó la Epístola la amable señora dijo sonriendo al extranjero:

—Francisco de Holanda habría oído sin duda con más gusto un discurso de Miguel Ángel que esta predicación.

A lo cual Francisco, creyéndose tontamente ofendido, respondió:

—¿Qué, señora, le parece a Vuestra Excelencia que no entiendo otra cosa y sólo sirvo para pintar?

—No seáis tan quisquilloso, messer Francisc,—dijo Lattanzio Tolomei,—precisamente la marquesa está convencida de que un pintor sirve para todo. Así estimamos la pintura nosotros los italianos. Pero tal vez ella dijo esto para agregar al placer que habéis tenido, el de oír a Miguel Ángel.