Francisco se confunde entonces, dando excusas, y la marquesa dice a uno de sus servidores: “Ve a la casa de Miguel Ángel y dile que yo y messer Lattanzio nos hemos quedado después del servicio religioso en esta Capilla, donde hace un fresco agradable; si quiere perder un poco su tiempo, sería con mucho provecho para nosotros... pero—agrega, conociendo el carácter huraño de Miguel Ángel—no le digas que Francisco de Holanda el español, está aquí”.
Esperando el regreso del enviado se quedan charlando, buscando cómo harán que Miguel Ángel hable de pintura sin que advierta su intención, porque si la comprende se rehusaría inmediatamente a continuar la plática.
“Hubo algunos instantes de silencio. Llamaron a la puerta; todos expresamos el temor de que el Maestro no viniera, porque la respuesta había sido muy repentina. Pero mi estrella quiso que Miguel Ángel, que habitaba muy cerca, fuera justamente de camino en la dirección de San Silvestre; iba por la vía Esquilina hacia las Termas, filosofando con su discípulo Urbino. Y como nuestro enviado lo había encontrado y conducido, él mismo en persona era quien estaba a la puerta. La marquesa se levantó y permaneció por mucho tiempo en conversación con él, de pie, aparte de los demás, antes de invitarlo a tomar asiento entre Lattanzio y ella. Francisco de Holanda se sentó al lado de él, pero Miguel Ángel no prestó ninguna atención a su vecino, lo cual chocó a éste vivamente. Francisco dijo con tono ofendido:
“En verdad el medio más seguro de no ser visto por alguno, consiste en ponérsele enfrente de los ojos”.
Miguel Ángel, sorprendido, lo miró y se disculpó inmediatamente con gran cortesía:
“Perdonad, messer Francisco: no os había visto, en verdad, porque no tenía ojos más que para la marquesa”. Sin embargo, Vittoria, después de una breve pausa, comenzó a hablar de mil cosas con una habilidad que no puede elogiarse lo suficiente; de una manera diestra y discreta, sin referirse a la pintura. Se hubiera dicho que era como el asedio a una plaza fuerte, hecho con esfuerzo y arte, y que Miguel Ángel parecía un sitiado vigilante y desconfiado, que coloca en un punto centinelas, levanta puentes en otra parte, en otra pone minas y tiene a la guarnición alerta en las puertas y sobre las murallas.
Al fin la marquesa venció, y verdaderamente nadie hubiera podido defenderse de ella.
“Vamos—dijo—hay que reconocer que no puede triunfarse cuando se ataca a Miguel Ángel con sus propias armas, es decir, con la astucia. Será necesario, messer Lattanzio, que hablemos con él de procesos, de breves del Papa, o bien... de pintura, si queremos reducirlo al silencio y decir nosotros la última palabra”.
Esta desviación ingeniosa llevó la conversación al terreno del arte. Vittoria habla a Miguel Ángel de una construcción piadosa que tenía el proyecto de levantar; e inmediatamente Miguel Ángel se ofrece para examinar el emplazamiento y esbozar un plan.
“Yo no me habría atrevido a pediros un servicio tan grande—respondió la marquesa—aunque sepa que seguís en todo la enseñanza del Salvador, que abatía a los soberbios y exaltaba a los humildes... Los que os conocen estiman la persona de Miguel Ángel más todavía que sus obras, mientras los que no os conocen personalmente admiran la más débil parte de vos mismo, es decir las obras de vuestras manos. Pero yo no alabo menos que os apartéis con tanta frecuencia, huyendo de nuestras inútiles conversaciones, y que en lugar de pintar los retratos de todos los príncipes que vienen a rogaros, consagréis casi toda vuestra vida a una sola gran obra”.