La sordera había llegado a ser completa[49]. Desde el otoño de 1815 ya no podía tener comunicación con los demás, a no ser por escrito. Su cuaderno de conversación más antiguo es de 1816[50]. Conocido es el doloroso relato de Schindler sobre la representación de Fidelio en 1822: “Pidió Beethoven dirigir el ensayo general... desde el dúo del primer acto se evidenció que no oía nada de lo que pasaba en el escenario. Retardaba considerablemente el movimiento, y en tanto que la orquesta seguía su batuta, los cantantes, por su parte, se adelantaban. Esto originó una confusión general. El director habitual de la orquesta, Umlauf, propuso un momento de descanso sin dar ninguna razón, y, después de haber cambiado algunas palabras con los cantantes, se volvió a comenzar. El mismo desorden se produjo de nuevo, y fué necesaria una segunda pausa. La imposibilidad de continuar bajo la dirección de Beethoven era evidente; pero ¿cómo hacérselo comprender? Nadie tenía valor de decirle: ‘Retírate, desventurado, porque no puedes dirigir’. Beethoven, inquieto, agitado, se volvía a derecha y a izquierda, se esforzaba por leer en la expresión de los rostros que lo rodeaban y por comprender dónde estaba el obstáculo; pero por todos lados era el mismo silencio. De pronto me llamó en una forma imperiosa y, cuando estuve cerca de él, me presentó su cuaderno y me hizo señales de que escribiera. Yo tracé estas palabras: ‘Os suplico que no continuéis; en la casa os explicaré por qué’. De un brinco saltó al patio, gritándome: ‘¡Salgamos!’ Corrió sin parar hasta la casa; entró, y se dejó caer inerte en un sofá, cubriéndose el rostro con las dos manos; y así permaneció hasta la hora de comer. En la mesa no fué posible hacerle pronunciar palabra; conservaba la expresión del abatimiento y del dolor más profundo; y cuando, al terminar la comida, quise retirarme, me retuvo expresando el deseo de no quedar solo. En el momento de separarnos me rogó que lo acompañase a la casa de su médico, quien tenía una gran reputación para enfermedades del oído... En todo el demás tiempo de mis relaciones con Beethoven no encuentro un día que pueda ser comparado con este día fatal de noviembre... Había sido herido en pleno corazón, y hasta el día de su muerte vivió con la impresión de esta escena terrible”[51].
Dos años después, el 7 de mayo de 1824, al dirigir la Sinfonía con coros (o mejor, como decía el programa, “tomando parte en la dirección del concierto”), no escuchó nada del tumulto de toda la sala que lo aclamaba; y no se dió cuenta hasta que una de las cantantes le tomó de la mano, lo hizo volverse de frente al público y pudo ver de pronto a todos los espectadores de pie, agitando sus sombreros y batiendo palmas. Un viajero inglés, Russel, que lo vió sentado al piano hacia 1825, dice que cuando quería tocar suavemente las teclas no resonaban, y que era conmovedor observar en este silencio la emoción que lo animaba, en su semblante y en sus dedos crispados.
Recogido en sí mismo[52], separado de todos los demás hombres, sólo podía hallar consuelo en la naturaleza. “Era su única confidente”, decía Teresa de Brunswick; y fué su refugio. Carlos Neate, que lo conoció en 1815, dice que no había visto nunca persona que amase tan profundamente las flores, las nubes, la naturaleza[53]: parecía vivir la vida de ellas. “Nadie en la tierra puede amar los campos tanto como yo, escribía Beethoven... Amo a un árbol más que a un hombre...”. Diariamente, en Viena, daba la vuelta a las fortificaciones. En el campo, de la aurora a la noche, se paseaba solo, sin sombrero, bajo el sol o bajo la lluvia. “¡Oh, Providencia! ¡En los bosques soy feliz, feliz en los bosques en que cada árbol me habla de ti! ¡Dios mío, qué esplendor! En estas florestas, sobre estas colinas, está la calma, la calma necesaria para servirte...”. Su inquietud espiritual encontraba en la naturaleza algún reposo[54]. Estaba asediado por los cuidados de dinero; escribía en 1818: “Estoy casi reducido a la mendicidad, y obligado a aparentar que no carezco de lo necesario”. Y en otra parte: “La sonata op. 106 ha sido escrita en circunstancias agobiadoras. Dura cosa es tener que trabajar para ganarse el pan”. Spohr dice que a menudo no podía salir de casa por estar sus zapatos rotos. Tenía muchas deudas con sus editores y sus obras no le producían nada. La Misa en re, anunciada en subscripción, tuvo siete subscriptores (ninguno músico de ellos)[55]. Apenas recibía treinta o cuarenta ducados por sus admirables sonatas, y cada una le costaba tres meses de trabajo. El príncipe Galitzin le hacía componer sus cuartetos, op. 127, 130, 132, sus obras acaso las más profundas y que parecen escritas con su sangre, y no le pagaba nada. Se agotaba Beethoven en estas dificultades domésticas, en estos procesos sin término, para obtener que se le pagasen las pensiones que le debían, o para conservar la tutela de un sobrino, hijo de su hermano Carlos, que había muerto de tisis en 1815.
Consagraba a este niño toda la necesidad de abnegación que su corazón desbordaba. Pero hasta este cariño le reservaba aún crueles sufrimientos. Se diría que un hado cuidase de renovar incesantemente y de aumentar sus miserias, para que su genio no careciese de alimento. Tuvo que disputar, desde luego, el pequeño Carlos a la madre indigna, que quería arrebatárselo.
“¡Dios mío, escribía, mi amparo, mi defensa, mi único refugio!: lees en las profundidades de mi alma y sabes los dolores que sufro cuando es necesario que yo haga sufrir a quienes quieren disputarme a mi Carlos, ¡mi tesoro![56]. ¡Escúchame, Ser que no sé cómo nombrar; acoge la ardiente plegaria de la más desventurada de tus criaturas!
“¡Oh, Dios mío! ¡mi socorro! ¡Mírame abandonado de la humanidad entera porque no quiero pactar con la injusticia! ¡Concédeme que pueda, para lo por venir, vivir con mi Carlos!... ¡Oh, suerte cruel, implacable destino! ¡No, no, mi desventura no terminará nunca!”
Pues este sobrino, tan apasionadamente amado, se mostró indigno de la confianza de su tío. La correspondencia de Beethoven con él es dolorosa y colérica, como la de Miguel Ángel con sus hermanos, pero más ingenua y más conmovedora:
“¿Debo una vez más ser pagado con la más abominable ingratitud? Pues bien, toda unión queda rota entre nosotros, ¡que sea así! Cuantas personas imparciales lo sepan, te odiarán... si el pacto que nos une te pesa ¡oh Dios! que sea según su voluntad: te abandono a la Providencia; he hecho cuanto podía; puedo comparecer tranquilo ante el Juez Supremo...”[57].
“Mimado como has sido, no te estará mal tratar al fin de ser sencillo y franco; mi corazón ha sufrido mucho por tu conducta hipócrita para conmigo, y me es difícil olvidar... Dios es testigo que sólo sueño con estar a mil leguas de ti, y de este triste hermano, y de esta abominable familia... ya no puedo tener confianza en ti”. Y firma: “Tu padre, por desgracia; pero no, tu padre, nunca”[58].