Mas el perdón venía inmediatamente:

“¡Mi querido hijo! No digamos una palabra más; ven a mis brazos y no escucharás ningún duro reproche... te recibiré con el mismo amor; y en cuanto a lo que haya que hacer por tu porvenir, hablaremos de ello amistosamente. ¡Palabra de honor, no habrá un reproche! De nada servirían y tú no tienes que esperar de mí más que solicitud y ayuda las más cariñosas. Ven, ven hacia el corazón fiel de tu padre.—Beethoven.—Ven inmediatamente que hayas recibido esta carta, ven a la casa”. (Y en el sobre agregaba, en francés: “Si no vinieres, me matarías seguramente”)[59].

“No mientas, le suplicaba, sigue siendo siempre mi hijo bienamado. ¡Qué horrible disonancia si tú me pagases con hipocresía, como se me quiere hacer creer! Adiós; quien no te ha dado la vida, pero que seguramente te la ha conservado y se ha tomado todos los cuidados posibles para velar por tu desarrollo moral, con un cariño más que paternal, te ruega desde el fondo de su corazón que sigas el único y verdadero camino del bien y de lo justo. Tu fiel y buen padre”[60].

Tras de haber acariciado toda clase de sueños acerca del porvenir de este sobrino, que no carecía de inteligencia y a quien quería llevar hacia la carrera universitaria, Beethoven tuvo que consentir a la postre en que fuese un comerciante. Pero Carlos frecuentaba los garitos y se endeudaba.

Por un triste fenómeno, más frecuente de lo que parece, la grandeza moral de su tío, en lugar de hacerle bien le hacía mal, lo exasperaba, lo empujaba a la rebeldía, como decía él mismo con estas palabras terribles, en las cuales a lo vivo se muestra su alma miserable: “He llegado a ser el más malvado, porque mi tío quería que fuese mejor”. En el estío de 1826 llegó a dispararse un tiro de pistola en la cabeza; y él no murió, pero Beethoven estuvo a punto de morir y nunca se le borró la huella de esta impresión espantosa[61]. Carlos curó, vivió hasta el fin, para hacer sufrir a su tío, en la muerte del cual alguna culpa tuvo y en cuya hora final no estuvo presente. “Dios no me ha abandonado nunca”, escribía Beethoven a su sobrino, algunos años antes. “Alguien estará junto a mí para cerrarme los ojos”. Mas este alguien no debía ser aquél a quien llamaba “su hijo”[62].


Desde el fondo de este abismo de tristeza Beethoven se levantó a exaltar la Alegría.

Era el propósito de toda su vida, en el cual ya pensaba, desde 1793, en Bonn[63]. Durante toda su existencia ambicionó cantar la Alegría, y dar cima así a una de sus grandes obras; toda su vida vaciló acerca de la forma exacta que habría de tener el himno y la obra en la cual podría darle cabida. Aun en su Novena Sinfonía estaba lejos de una resolución, y hasta el último instante pensó dejar la Oda a la Alegría para una décima o undécima sinfonía. Se debe advertir bien que la Novena no se intitula, como se dice, Sinfonía con coros, sino Sinfonía con un coro final de la Oda a la Alegría. Pudo pues, debió tener otra conclusión. En julio de 1823 todavía pensaba Beethoven en darle un finale instrumental, que aprovechó en seguida para el cuarteto op. 132. Czerny y Sonnleithner llegan a afirmar que, después de la ejecución (mayo de 1824), Beethoven no había abandonado esta idea.

Grandes dificultades técnicas se le presentaron para la introducción del coro en una sinfonía, y de ello nos dan pruebas los cuadernos de Beethoven y sus ensayos numerosos para hacer entrar las voces de otra manera, y en otro momento de la obra. En los bosquejos de la segunda melodía del adagio[64] escribió: “Tal vez entraría aquí el coro en forma conveniente”. Pero no podía resolverse a separarse de su fiel orquesta: “cuando una idea me viene, decía, la escucho en un instrumento y nunca en las voces”. Por eso aplaza lo más posible el momento de emplearlas, y aun llega a dar a los instrumentos no sólo los recitados del finale[65], sino también el tema mismo de la Alegría.

Pero es preciso ir más adelante en la explicación de estas vacilaciones y de estos aplazamientos, porque la causa es más profunda. Este hombre desventurado, atormentado siempre por la pena, aspiró siempre a cantar la excelsitud de la Alegría; y de año en año aplazaba su labor, sin cesar arrastrado por el torbellino de sus pasiones y por su melancolía. Sólo hasta el último día consiguió realizarlo. ¡Y con cuál grandeza!