Lionardo se desalienta. Se sorprende por la insistencia de su tío para casarlo, y éste responde:
“Es verdad, lo deseo, para que nuestra raza no acabe con nosotros. Sé muy bien que el mundo no se trastornará por eso; pero de todos modos, cada animal se esfuerza por conservar su especie. Por eso deseo que tú te cases”[419].
Al fin, el mismo Miguel Ángel se cansa; comienza a encontrar ridículo que él sea quien se ocupe siempre del matrimonio de Lionardo y que éste no se interese en ello. Declara su propósito de abstenerse en lo sucesivo:
“Desde hace sesenta años me he ocupado de vuestros asuntos; ahora estoy viejo y tengo que pensar en los míos”.
Precisamente entonces tiene noticias de que su sobrino tiene relaciones formales con Cassandra Ridolfi; se alegra de ello, lo felicita, y le promete una dote de mil quinientos ducados. Lionardo se casa[420]. Miguel Ángel envía sus felicitaciones a los jóvenes esposos, y promete un collar de perlas a Cassandra. La alegría no le impide sin embargo advertir a su sobrino, “que aunque él no sea muy conocedor de esas cosas, le parece que Lionardo debió haber arreglado todas las cuestiones de dinero antes de conducir a la mujer a su casa; porque siempre hay en estas cuestiones un germen de desunión”. Y termina con esta recomendación burlesca:
“¡Vamos! ahora procurar vivir, y piensa bien en ello, porque el número de las viudas es siempre más grande que el de los viudos”[421].
Dos meses después, en lugar del collar prometido, envió dos anillos a Cassandra, uno adornado con un diamante y el otro con un rubí. Cassandra, como agradecimiento, le manda ocho camisas. Miguel Ángel escribe: “Son muy bonitas, sobre todo la tela, y me gustan mucho, pero me disgusta que hayáis hecho este gasto, porque no me falta nada; da las gracias a Cassandra por mí, y dile que estoy a su disposición para enviarle todo lo que pueda encontrar aquí de artículos romanos u otros. Esta vez sólo he mandado una insignificancia, otra vez haremos algo mejor con algún objeto que le agrade; adviérteme solamente”[422].
Pronto vienen los hijos; el primero llamado Buonarroto[423], según el deseo de Miguel Ángel, y el segundo Michelangelo[424]. Y el viejo tío que invita a la joven pareja para que vaya a su casa de Roma, en 1556, no deja de tomar parte afectuosamente en la alegría y en los dolores de la familia, pero sin permitir nunca a los suyos que se ocupen de sus negocios, ni siquiera de su salud.