Fuera de sus relaciones de familia no faltaron a Miguel Ángel amistades ilustres o distinguidas[425]. A pesar de su humor salvaje sería completamente falso representarlo como un campesino del Danubio, a la manera de Beethoven. Fué un aristócrata italiano de alta cultura y de raza fina.

Desde su adolescencia, que transcurrió en los jardines de San Marco, cerca de Lorenzo el Magnífico, estuvo en relaciones con todo lo que Italia tenía de más noble entre sus grandes señores, sus príncipes, sus prelados[426], los escritores[427], y los artistas[428]. Tenía contiendas de ingenio con el poeta Francesco Berni[429]; tenía correspondencia con Benedetto Varchi; se cambiaba poesías con Luigi del Riccio y con Donato Giannotti. Su conversación era muy buscada, lo mismo que sus profundas observaciones sobre el arte y sus opiniones sobre el Dante, que nadie conocía como él. Una dama romana[430], escribía que cuando él quería, era “un gentil hombre de modales finos y seductores, como apenas habría otro igual en Europa”. Los diálogos de Giannotti y de Francisco de Holanda muestran su exquisita cortesía y la costumbre que tenía del trato social. Y hasta se encuentra, en algunas de sus cartas a los príncipes[431], que le hubiera sido fácil ser un perfecto cortesano. El mundo nunca huyó de él, sino que él fué quien lo tuvo a distancia, y no dependió más que de él mismo llevar una vida triunfal. Era para Italia la encarnación del genio italiano. Al fin de su carrera personificaba el gran Renacimiento como último superviviente, y él sólo era todo un siglo de gloria.

No solamente los artistas lo miraban como un ser sobrenatural[432]. Los príncipes se inclinaban ante él como si fuera un rey. Francisco I y Catalina de Médicis, le rendían homenaje[433]. Cosme de Médicis quiso nombrarlo senador[434]; y cuando fué a Roma[435], lo trató como a un igual, lo hizo sentar a su lado, y conversó con él confidencialmente. El hijo de Cosme, Francesco de Médicis, lo recibió con la gorra en la mano, “demostrando un respeto sin límites para aquel hombre extraordinario”[436]. En él no se honraba menos su genio que “su gran virtud”[437]. Su vejez fué tan gloriosa como la de Goethe o la de Hugo, pero él era un hombre distinto, no tenía ni la sed de popularidad del uno, ni el respeto burgués del otro, por libre que fuera para el mundo y para el orden establecido. Despreciaba la gloria y despreciaba al mundo, y si servía a los papas era por la fuerza; pero no ocultaba que “hasta los papas lo fastidiaban y lo enojaban algunas veces, conversando con él y mandándolo buscar”, y que, “a pesar de sus órdenes no iba a verlos cuando no tenía voluntad”[438].

“Cuando un hombre está hecho así por la naturaleza y por la educación y odia las ceremonias y desprecia la hipocresía, lo racional es dejarlo vivir como le conviene. Si no pide nada ni busca vuestra sociedad, ¿por qué buscar la suya? ¿por qué quererlo rebajar a las vulgaridades que le repugnan y lo hacen alejarse del mundo? No es un hombre superior el que piensa complacer a los imbéciles más bien que a su genio”[439].

No tenía pues con el mundo más que las relaciones indispensables o completamente intelectuales. No les permitía llegar hasta su intimidad; y los papas, los príncipes, la gente de letras y los artistas tenían poco lugar en su vida. Hasta con los muy pocos de entre ellos, para los cuales sentía una verdadera simpatía, era raro que se estableciera una amistad durable. Quería a sus amigos y era generoso con ellos; pero su violencia, su orgullo y su desconfianza, transformaban con frecuencia a los más favorecidos en enemigos mortales. Un día escribió esta bella y triste carta:

“El pobre ingrato está hecho de tal manera que si lo ayudáis en su desgracia, dice que él mismo os presta lo que vos le dais. Si le dais trabajo para demostrarle vuestro interés, pretende que habéis tenido que buscarlo porque vos no podéis hacerlo. De todos los beneficios que recibe, dice que el benefactor se ha visto obligado a hacerlos, y si los beneficios recibidos son tan evidentes que es imposible negarlos, entonces el ingrato espera bastante tiempo para que aquél de quien ha recibido el beneficio, cometa una falta evidente; entonces tiene pretexto para hablar mal de él y librarse de todo reconocimiento. Así se ha obrado siempre contra mí; y sin embargo, ningún artista se ha dirigido a mí sin que yo no lo haya beneficiado con todo mi corazón. Y después toman como pretexto mi carácter raro o la locura que me atribuyen y que a nadie hace daño, para hablar mal de mí y ultrajarme. Ésta es la recompensa de los que son buenos[”[440].


En su propia casa tenía ayudantes bastante adictos, pero en general mediocres. Se sospechaba que los escogía intencionalmente mediocres para tener instrumentos dóciles y no colaboradores, lo que, por lo demás, habría sido legítimo. Pero, dice Condivi: “...no era cierto, como muchos le reprochaban, que no quería enseñar; al contrario, lo hacía de buena gana. Desgraciadamente, la fatalidad quiso que le tocaran sujetos poco capaces, o capaces, pero poco perseverantes, que después de algunos meses de enseñanza se creían ya maestros”.