Es indudable que la primera cualidad que exigía de sus ayudantes era una sumisión absoluta. Así como era despiadado para los que desplegaban hacia él una independencia orgullosa, tuvo siempre tesoros de indulgencia y de generosidad para los discípulos modestos y fieles. El perezoso Urbano, “que no quería trabajar”[441], y que tenía razón, porque cuando trabajaba, era para estropear irremediablemente por su torpeza el Cristo de la Minerva, fué objeto de sus cuidados paternales durante una enfermedad[442]; llamaba a Miguel Ángel: “querido como el mejor padre”. Piero di Giannoto fué “amado como un hijo”. Silvio di Giovanni Cepparello, que salió de su casa para entrar al servicio de Andrés Doria, le suplica desoladamente que le permita volver con él. La historia conmovedora de Antonio Mini es un ejemplo de la generosidad de Miguel Ángel para con sus ayudantes. Mini, aquel discípulo que, según Vasari, “tenía buena voluntad pero no era inteligente”, amaba a la hija de una pobre viuda de Florencia. Según el deseo de sus padres, Miguel Ángel lo alejó de Florencia. Antonio quiso ir a Francia[443]. Miguel Ángel le hizo un obsequio regio: “todos los dibujos, todos los cartones, la pintura de Leda[444], todos los modelos que había hecho para ella, tanto en cera como en arcilla”. Provisto con esta fortuna, Antonio partió[445]. Pero la mala suerte que perseguía todos los proyectos de Miguel Ángel, fué más dura todavía con los de su humilde amigo. Fué a París para enseñar el cuadro de la Leda al Rey. Francisco I estaba ausente; Antonio dejó la Leda guardada en la casa de un italiano amigo suyo, Giuliano Buonaccorsi, y volvió a Lyon, donde se había establecido. Cuando regresó a París algunos meses más tarde, la Leda había desaparecido. Buonaccorsi la había vendido por su cuenta a Francisco I. Antonio, enloquecido y sin recursos, incapaz de defenderse, perdido en aquella ciudad extranjera, murió de aflicción a fines de 1533.

Pero de todos sus ayudantes el más amado de Miguel Ángel y a quien su afecto aseguró la inmortalidad, fué Francesco d’Amadore, por sobrenombre Urbino, de Castel Durante. Desde 1530 estaba al servicio de Miguel Ángel, y trabajó bajo sus órdenes en la tumba de Julio II. Miguel Ángel se preocupaba por su porvenir.

Le decía: “¿qué harás tú si yo muero?” Urbino respondió: “serviré a otro”.

—¡Oh infeliz! dijo Miguel Ángel, quiero remediar tu miseria.

“Y le dió dos mil escudos juntos. Un obsequio como sólo los emperadores y los papas podían hacer”[446].

Urbino fué quien murió primero[447]. Al día siguiente de su muerte, Miguel Ángel le escribió a su sobrino:

“Urbino murió ayer en la tarde, a las cuatro. Me ha dejado tan afligido y turbado que me hubiera sido más dulce morir con él, por el cariño que yo le tenía; y bien lo merecía, porque era un hombre digno, leal y fiel. Su muerte hace que me parezca no vivir, y no puedo recobrar la tranquilidad”.

Su dolor era tan profundo que tres meses después decía en una carta célebre, a Vasari:

“Messer Giorgio, mi querido amigo, es posible que escriba mal; sin embargo, en respuesta a vuestra carta, escribiré algunas palabras. Ya sabéis que Urbino ha muerto, lo que es para mí una pena muy cruel, pero también una gracia muy grande que Dios me ha hecho. Esta gracia es que él, que viviendo guardó mi vida, muriendo me ha enseñado a morir, no con pesar, sino con el deseo de la muerte. Me sirvió veintiséis años y siempre lo encontré seguro y muy fiel. Yo lo había enriquecido y ahora que contaba con él para que fuera el sostén de mi vejez, me fué quitado; y no me queda otra esperanza más que volverlo a ver en el paraíso, donde Dios ha demostrado que debía estar, por la muerte muy feliz que le procuró. Lo que ha sido para él más duro que la muerte, fué dejarme vivo en este mundo engañador, y en medio de tantas inquietudes. La mejor parte de mí mismo se ha ido con él y no me queda ya nada más que una miseria infinita”[448].

En su desolación, rogó a su sobrino que fuera a verlo a Roma. Lionardo y Cassandra, inquietos por su tristeza, fueron y lo encontraron muy debilitado. Tuvo que hacer nuevos esfuerzos, por la obligación que Urbino le había impuesto de encargarse de la tutela de sus hijos, de los cuales uno era su ahijado y llevaba su nombre[449].