III
SOLEDAD
L’anima mia, che chon la morte parla...[455]
Así vivía solo con sus humildes amigos, sus ayudantes y sus locos, y con otros amigos más humildes todavía, sus animales familiares, sus pollos y sus gatos[456].
En el fondo estaba solo, y cada día más. “Estoy siempre solo, escribía a su sobrino en 1548, y no habló con nadie”. Se había separado poco a poco no solamente de la sociedad de los hombres, sino de sus intereses mismos, de sus necesidades, de sus placeres y de sus pensamientos.
La última pasión que lo ligaba a los hombres de su tiempo, el fuego republicano, se había extinguido también. Todavía una vez había lanzado un último resplandor de tempestad, en la época de las dos graves enfermedades de 1544 y 1546, cuando Miguel Ángel fué recogido por su amigo Riccio en la casa de los Strozzi, republicanos y proscriptos. Miguel Ángel, convaleciente, mandó rogar a Roberto Strozzi, refugiado en Lyon, que recordara al Rey de Francia sus promesas, y agregaba que si Francisco I iba a restablecer la libertad en Florencia, se comprometía a elevarle por su cuenta una estatua ecuestre, de bronce, en la plaza de la Señoría[457]. En 1546 regaló a Strozzi, en señal de gratitud por la hospitalidad recibida, los Dos Cautivos que Strozzi a su vez obsequió a Francisco I.
Pero esto no era más que un acceso de la fiebre política, y el último. En algunos pasajes de sus Diálogos con Giannotti, en 1545, expresa casi los pensamientos de Tolstoi sobre la inutilidad de la lucha y la no resistencia al mal:
“Es una gran presunción atreverse a matar a alguien, porque no se puede saber seguramente si de su muerte resultará algún bien o si de su vida lo hubiera resultado. Por eso yo no puedo soportar a esos hombres que creen que no es posible producir el bien si no se comienza por el mal, es decir, por el asesinato. Los tiempos cambian, nuevos sucesos sobrevienen, los deseos se transforman, los hombres se cansan... y al fin de cuentas sucede siempre lo que no se había previsto”.
El mismo Miguel Ángel que había hecho la apología del tiranicidio, se irritaba contra los revolucionarios que se imaginan cambiar el mundo con un acto. Sabía bien que él había sido uno de ellos y se condenaba a sí mismo amargamente. Como Hamlet, dudaba ya de todo, de sus pensamientos, de sus odios, y de todo lo que había creído. Volvía la espalda a la acción. Y escribía: “El buen hombre que respondió a alguno:—Yo no soy un hombre de estado, yo soy un hombre honrado y un hombre de buen sentido—, ése decía la verdad. ¡Si mis trabajos de Roma me preocuparan tan poco como los negocios de los Estados!”[458].
La verdad es que ya no odiaba. No podía ya odiar. Era demasiado tarde:
Ahimè, lasso chi pur tropp’ aspetta,
Ch’i’ gionga a suoi conforti tanto tardj!
Ancor, se ben riguardj,
Un generoso, alter’ e nobil core
Perdon’ e porta a chi l’offend’amore.