“¡Ay de mí, cansado de una espera demasiado larga,
llego demasiado tarde a lo que había deseado!...
y ahora ¿no lo sabes?
un corazón generoso, soberbio y noble
perdona y ofrece su amor a quien lo ofende”[459].


Vivía en el Macel de’Corvi, sobre el foro de Trajano. Tenía allí una casa con un jardinillo y la ocupaba con un criado, una criada y sus animales familiares[460]. No tenía buena mano para sus criados. “Eran todos negligentes y sucios”, dice Vasari. Los cambiaba a menudo y se quejaba de ellos amargamente[461]. Tuvo por esta causa tantos disgustos como Beethoven; y sus Ricordi (recuerdos o notas) como los cuadernos y conversaciones de Beethoven, conservan todavía las huellas de sus trastornos domésticos. “¡Oh, más valía que no hubiera estado nunca aquí!” Escribía en 1560, después de haber despedido a una criada, Girolama.

Su cuarto era sombrío como una tumba[462]. “En él las arañas hacían mil trabajos hilando con sus pequeños husos”[463]. A la mitad de la escalera había pintado a la Muerte llevando sobre el hombro un ataúd[464]. Vivía como un pobre y apenas comía[465], y “cuando no podía dormir se levantaba por la noche, para trabajar con el cincel. Se había fabricado un casco de cartón sobre el cual ponía una vela encendida, encima de su cabeza y de esta manera sin estorbo en las manos, iluminaba su trabajo”[466].

Al hacerse más viejo se hacía más solitario; era para él una necesidad, cuando todo dormía en Roma, refugiarse en el trabajo nocturno. El silencio era para él un beneficio, y la noche una amiga:

“¡Oh noche, oh tiempo dulce aunque sombrío, donde todo esfuerzo acaba por alcanzar la paz; quien te alaba ve bien y comprende bien, y quien te honra está en su pleno juicio. Tú cortas todos los pensamientos fatigados, con las sombras húmedas y el reposo; y de aquí abajo, a menudo, me llevas en sueños hasta las alturas adonde espero ir. ¡Oh sombra de la muerte, por la cual se evitan todas las miserias enemigas del alma y del corazón, supremo y buen remedio de los afligidos, tú devuelves la salud a nuestra carne enferma, tú secas nuestro llanto, tú nos descargas de nuestras fatigas, y limpias a los buenos del odio y del disgusto[”[467].

Vasari visitó una noche al viejo que estaba solo en su casa desierta, contemplando la trágica Pietà y meditando:

Cuando Vasari tocó, Miguel Ángel se levantó y fué a la puerta con un candelero en la mano. Vasari quiso contemplar la escultura, pero Miguel Ángel dejó caer y apagarse la luz para que no pudiera ver nada. Y mientras que Urbino iba a buscar otra, el Maestro se volvió hacia Vasari y le dijo: “Estoy tan viejo que con frecuencia la muerte me tira de las calzas para llevarme. Un día caerá mi cuerpo como esta antorcha y como ella se extinguirá la luz de mi vida”.