La idea de la muerte lo absorbía, cada vez más próxima y llena de sombras.
“No hay en mí ningún pensamiento, decía a Vasari, que no tenga en el fondo esculpida la muerte[”[468].
Le parecía ya como la única felicidad de la vida:
“Cuando mi pasado se me hace presente, y esto me sucede a todas horas, ¡oh mundo falso! entonces conozco bien el error y la culpa de la raza humana. El que llega a consentir en tus frivolidades y en sus vanas delicias, prepara para su alma penas dolorosas. Bien lo sabe el que hace la prueba; con cuánta frecuencia prometes paz y bienes que no tienes ni tendrás nunca. Por eso el menos favorecido es el que permanece por más tiempo aquí abajo, y el que vive menos, más fácilmente vuelve al cielo[”[469].
“Conducido por muchos años a mi última hora reconozco tarde ¡oh mundo!, tus delicias. Tú prometes la paz que no tienes; tú prometes el reposo que muere antes del nacimiento. Lo digo y lo sé por experiencia, los únicos elegidos del cielo son los que más pronto mueren después de nacer[”[470].
Como su sobrino Lionardo festejara el nacimiento de su hijo, Miguel Ángel lo reprimió severamente:
“Esta pompa me disgusta. No hay que reírse cuando el mundo entero llora. Es una falta de sentido celebrar así una fiesta por alguien que acaba de nacer. Hay que reservar la alegría para el día en que muere un hombre que ha vivido bien[”[471].
Y al año siguiente lo felicitó por haber perdido a un segundo hijo de corta edad.