La naturaleza, que hasta entonces había desdeñado en su fiebre apasionada, y por su genio intelectual, fué en sus últimos años una consoladora para él[472]. En septiembre de 1556, huyendo de Roma, amenazado por las tropas del Duque de Alba, pasó por Spoleto y permaneció allí cinco semanas, en medio de los bosques de encinas y de olivos, dejándose penetrar por el esplendor cercano del otoño. Volvió a Roma con sentimiento, a fines de octubre, porque fué llamado. “He dejado allá más de la mitad de mí mismo, escribía a Vasari; porque verdaderamente la paz no se encuentra más que en los bosques”.

Pace non si trova se non nei boschi[473].

Y de regreso en Roma, el anciano de ochenta y dos años compuso una hermosa poesía a la gloria de los campos y de la vida campestre, en contraste con la mentira de las ciudades. Fué su última obra poética y tiene toda la frescura de la juventud[474].

Pero en la naturaleza, lo mismo que en el arte y en el amor, era a Dios a quien buscaba y a quien se aproximaba cada día más. Siempre había sido creyente. Aunque no se dejara engañar por los sacerdotes ni por los monjes, ni por los devotos y las devotas, aunque a veces se burlara rudamente de ellos[475], nunca tuvo según parece la menor duda en su fe. Cuando la enfermedad o la muerte de su padre y de sus hermanos, su primer cuidado fué siempre que recibieran los sacramentos[476]. Tenía una confianza sin límites en la oración: creía más en ella que en todas las medicinas[477]. Atribuía a su intercesión todos los bienes recibidos y los males que no le habían llegado. Tenía en su soledad crisis de adoración mística. La casualidad nos ha conservado el recuerdo de una de ellas: Un relato contemporáneo nos muestra la cara extática del héroe de la Sixtina, solo, orando en la noche, en su jardín de Roma e implorando con sus ojos dolorosos al cielo estrellado[478].

No es cierto, como se ha querido hacer creer, que su fe haya sido indiferente al culto de los Santos y de la Virgen[479]. Sería gracioso convertir en protestante al hombre que consagró los veinte últimos años de su vida a construir el templo del Apóstol Pedro y cuya última obra, interrumpida por la muerte, fué una estatua de San Pedro. No se puede olvidar que en diversas ocasiones quiso emprender grandes peregrinaciones, en 1545 a Santiago de Compostela, en 1556 a Loreto, y que formaba parte de la Hermandad de San Giovanni Decollato—San Juan Bautista—pero es cierto que, como todo gran cristiano, vivió y murió en Cristo[480]. “Vivo pobre con Cristo”, escribía a su padre desde 1512, y al morir suplicaba que se le recordaran los sufrimientos de Cristo. Desde la amistad, y sobre todo después de la muerte de Vittoria Colonna, su fe tomó un carácter más exaltado. Al mismo tiempo que su arte, se consagraba casi exclusivamente a la gloria de la Pasión de Cristo[481], su poesía se abismaba en el misticismo. Renegaba del arte y se refugiaba en los grandes brazos abiertos del Crucificado:

“El curso de mi vida ha llegado, sobre la mar tempestuosa, en un frágil barco, al puerto común donde se desembarca para dar cuenta y razón de toda obra pía e impía. La ilusión apasionada que me hizo del arte un ídolo y un monarca, me parece hoy cargada de errores y veo claramente lo que todo hombre desea para su mal. Los pensamientos amorosos, los pensamientos vanos y alegres, ¿qué son ahora que me aproximo a las dos muertes? de una de ellas estoy seguro y la otra me amenaza. Ni la pintura ni la escultura son capaces de apaciguar el alma, dirigida hacia el amor divino, que para recogernos, abre sus brazos sobre la Cruz”[482].


Pero la flor más pura que la fe y el sufrimiento hicieron brotar en aquel viejo corazón desgraciado, fué la divina caridad. Este hombre, a quien sus enemigos acusaban de avaricia[483], no dejó durante toda su vida de colmar con sus liberalidades a los infelices conocidos y desconocidos.

No solamente demostró siempre el afecto más conmovedor para sus viejos servidores y para los de su padre, para una tal Mona Margherita, a quien recogió después de la muerte del viejo Buonarroti, y cuya muerte le causó “más pena que si hubiera sido una hermana”[484]; para un humilde carpintero que había trabajado en el andamiaje de la Capilla Sixtina, a cuya hija dotó[485]... sino que también daba constantemente a los pobres y sobre todo a los pobres vergonzantes. Le gustaba asociar en sus limosnas a su sobrino y a su nuera, les inspiraba la costumbre de hacerlo; los hacía que hicieran caridades por cuenta de él sin nombrarlo siquiera, porque quería que sus limosnas se conservaran secretas[486]. “Le gustaba más hacer el bien que parecer hacerlo”[487]. Por un rasgo de exquisita delicadeza, pensaba sobre todo en las jóvenes pobres y procuraba darles ocultamente pequeñas dotes para que pudieran casarse o entrar en un convento.