Ella me ha hecho conocer el placer moral de amar...”.

La otra, la tía Alejandra, servía siempre a los demás y evitaba que se la sirviera, se privaba de criados y tenía por ocupaciones favoritas la lectura de vidas de los santos y las charlas con los peregrinos y con los “inocentes”. Muchos de estos “inocentes” vivían en la casa, y uno de ellos, una vieja peregrina que recitaba salmos, era madrina de la hermana de Tolstoi; otro, el inocente Gricha, solamente sabía orar y llorar.

¡Oh, gran cristiano Gricha! Tu fe era tan fuerte que sentías la proximidad de Dios; tu amor era tan ardiente que las palabras brotaban de tus labios, sin que tu razón las ordenara. ¡Y cómo celebrabas su magnificencia cuando, no encontrando ya palabras para loarlo, bañado en lágrimas te prosternabas en el suelo!...[527]

¿Quién no advierte la parte que estas almas humildes tuvieron en la formación de Tolstoi? Parece que en alguna de ellas se insinuaba ya, se bosquejaba, el Tolstoi de los últimos días. Sus plegarias, su amor, arrojaron en el espíritu del niño las simientes de la fe, de las cuales debía el anciano coger los frutos.

Aparte del inocente Gricha, en los relatos de Infancia, Tolstoi no habla de estos modestos colaboradores que lo ayudaron a edificar su alma. Pero, en cambio, ¡cuánto se transparenta en las páginas del libro esta alma de niño, “este corazón puro y amante, como un claro rayo de luz que descubría siempre en los otros sus cualidades mejores”; esta ternura infinita!... Siendo feliz, piensa en el único hombre que sabe es infortunado, llora y querría consagrarse a él; abraza a un viejo caballo, y le pide perdón por haberlo hecho sufrir; es feliz por amar, aun no siendo amado. Se perciben ya los gérmenes de su genio futuro: su imaginación que lo hace llorar con sus propias historias; su cerebro siempre en trabajo, que lucha siempre por saber qué piensan las gentes; su precoz facultad de observación, y de memoria;[528] la mirada atenta que escruta fisonomías, en medio de su duelo y de la verdad de su dolor. A los cinco años sintió, dice él, por la vez primera, “que la vida no es una diversión, sino una tarea demasiado ruda”[529].

Felizmente lo olvidó. En aquel tiempo se arrullaba con los cuentos populares, con los bylines rusos, esos ensueños típicos y legendarios; con narraciones de la Biblia,—sobre todo de la sublime Historia de José que, ya anciano, aun lo presentaba como un modelo de arte;—y de las Mil y una Noches que en la casa de su abuela, cada velada, recitaba un narrador ciego, sentado en el umbral de la ventana.


Hizo sus estudios en Kazan[530]. Estudios tan mediocres que se decía de los tres hermanos:[531] “Sergio quiere y puede; Dmitri quiere y no puede, y León ni quiere ni puede”.

Pasaba por lo que él llamó “el desierto de la adolescencia”, desierto de arena batido por ráfagas de un viento abrasador de locura. Acerca de este período los relatos de Adolescencia, y sobre todo los de Juventud, son ricos en confesiones íntimas. Estaba solo; su cerebro, en un estado de fiebre perpetua. Durante un año investiga por su propia cuenta y ensaya todos los sistemas[532]. Estoico, se martiriza con torturas físicas; epicúreo, se prostituye. Cree después en la metempsícosis; y acaba por caer en un nihilismo demente: le parecía que si se volviese con suma rapidez, podría ver la nada frente a frente. Se analiza, se analiza...

No pensaba ya en una cosa, pensaba que pensaba en una cosa...[533].