Este análisis perpetuo, este mecanismo de razonar que giraba en el vacío, le quedará como hábito peligroso que, decía él, “lo perjudicó a menudo en la vida”; pero del cual sacó su arte recursos inesperados[534].

En este juego había perdido todas sus convicciones, o, al menos, así lo pensaba. A los dieciséis años dejó de orar y de ir a la iglesia[535]; pero la fe no había muerto, estaba solamente germinando:

Sin embargo, yo creía en algo. ¿En qué? No podría decirlo. Creía aún en Dios, o más bien, no lo negaba. Pero ¿en cuál Dios? Lo ignoraba. No negaba tampoco a Cristo y su doctrina; pero en qué consistía esta doctrina, no habría sabido decirlo[536].

Se sentía poseído, por momentos, de ensueños de bondad. Quería vender su carruaje para dar el dinero a los pobres, hacerles el sacrificio de una décima parte de su fortuna, privarse de sirvientes... “Porque son ellos también hombres como yo”[537]. Escribió, durante una enfermedad[538], sus Reglas de vida. Ingenuamente se atribuyó el deber de “estudiar y profundizar todo: derecho, medicina, lenguas, agricultura, geografía, matemáticas, alcanzar el grado más alto de perfección en música y en pintura”, etc... Tenía “la convicción de que el destino del hombre está en su incesante perfeccionamiento”. Pero en modo insensible, al impulso de sus pasiones de adolescente, de una sensualidad violenta y de un amor propio inmenso,[539] esta fe, en ese extraviado perfeccionamiento, perdía su carácter desinteresado y se hacía práctica y material. Si deseaba perfeccionar su voluntad, su cuerpo y su espíritu, era para vencer al mundo e imponerle el amor[540]. Deseaba agradar.

Esto no era fácil. Tenía entonces una fealdad simiesca: rostro brutal, largo y pesado, cabello corto y calzándole la frente, ojos pequeños que miraban con dureza, hundidos en sus órbitas sombrías; nariz larga, labios gruesos y salientes y grandes orejas[541]. No pudiendo hacerse ilusiones acerca de esta fealdad, que cuando era un niño ya le causaba crisis de desesperación[542], pretendió realizar el ideal del “hombre elegante”[543]. Este ideal lo llevó, para ser como los otros “hombres elegantes“, a entregarse al juego, a endeudarse estúpidamente y a hacer una vida de libertinaje[544].

Una cosa le salvó siempre: su absoluta sinceridad.

—¿Sabéis por qué os amo más que a los demás?—decía Nekhludov a su amigo.—Porque tenéis una cualidad sorprendente y rara: la franqueza.

—Sí, digo siempre todo, aun aquellas cosas que tengo vergüenza de confesarme[545].

Hasta en sus peores extravíos se juzgó siempre con una clarividencia despiadada.

“De hecho vivo bestialmente, escribió en su Diario; estoy completamente deprimido”.