“Esto es bello, murmuraba... ¿Por qué no soy yo uno de ellos?”[548].

Todo Tolstoi está ya en el héroe de esta primera novela;[549] su visión clarísima y sus ilusiones persistentes. Observa a las gentes con un realismo sin desmayos; pero en el momento que cierra los ojos, vuelven a apoderarse de él sus ensueños y su amor a los hombres.


Tolstoi, en 1850, es menos paciente que Nekhludov; Yasnaia lo ha aniquilado; tan cansado está del pueblo como de la “élite”; su misión le pesa, y no tiene a qué consagrarse. Por otra parte, sus acreedores lo asediaban.

En 1851 huye al Cáucaso, a unirse al Ejército, cerca de su hermano Nicolás, que era oficial.

Y apenas llega a las serenas montañas, se tranquiliza, vuelve a encontrar a Dios.

La última noche[550] apenas he dormido... Me puse a orar a Dios. Imposible es para mí describir la dulzura de sentimientos que experimentaba mientras estuve orando. Recité mis plegarias habituales y proseguí después largo tiempo en oración. Algo deseaba yo, muy grande, muy hermoso... ¿Qué era? no podría decirlo. Anhelaba confundirme en el Ser infinito, y le demandaba que me perdonase mis faltas... Pero no, yo no demandaba nada: sentía que, pues me había concedido aquel momento de ventura, me perdonaba. Pedía y sentía a un tiempo mismo que nada tenía yo qué pedir, ni podía ni sabía pedir. Y se lo agradecí, pero no con palabras, no con pensamientos... Una hora había transcurrido apenas cuando de nuevo escuchaba la voz del vicio. Me dormí soñando con la gloria, y con las mujeres: era esto más fuerte que yo. ¡No importa! He dado gracias a Dios por este momento de felicidad, porque me ha mostrado mi pequeñez y mi grandeza. Quiero orar, pero no sé; quiero comprender, pero no me atrevo... ¡Me abandono a tu Voluntad![551].

La carne no estaba vencida (no lo estuvo jamás); la lucha se proseguía en lo secreto del corazón, entre Dios y las pasiones. Tolstoi anota, en su Diario, cuáles son los tres demonios que lo devoran:

1.º La Pasión del juego. Lucha posible.