LOS COSACOS

Y por encima de estas obras se levanta, cumbre la más alta de esa primera cadena de montañas, una de las más bellas novelas líricas que Tolstoi haya escrito, el canto de su juventud, el poema del Cáucaso, Los Cosacos[564]. El esplendor de las nevadas montañas que destacan sus nobles líneas sobre el cielo luminoso, llena con su música el libro entero. Y la obra es única por esta flor del genio, “el todopoderoso dios de la juventud, como dice Tolstoi: ese ímpetu que ya no se recobra más”. ¡Cuál torrente primaveral!... ¡Qué efusiones de amor!

¡Yo amo, amo tanto!... ¡Bravo! ¡Bueno!... repetía y deseaba llorar. ¿Por qué? ¿quién era bravo? ¿qué amaba? No lo sabía bien[565].

Esta embriaguez del corazón se derrama desordenadamente. El héroe Olenine, que ha llegado como Tolstoi a sumergirse en el Cáucaso en una vida de aventuras, y que se ha enamorado de una joven cosaca, se abandona al torbellino de sus aspiraciones contradictorias. Ora piensa que “la felicidad está en vivir para los otros, en sacrificarse” ora que el “sacrificio de sí mismo no es más que una tontería”; entonces no está lejos de creer con el viejo cosaco Erochka, que “todo está permitido y que Dios ha hecho todo para placer del hombre. Nada es pecado. Gozar con una hermosa muchacha no es pecado, es la salud”. Pero, ¿qué necesidad tiene de pensar? Le basta con vivir. La vida es todo bien, toda felicidad, la vida todopoderosa, la vida universal: la Vida es Dios. Un naturalismo ardoroso enciende y devora al alma. Perdido en el bosque, en medio de “la vegetación salvaje, de la multitud de bestias y de aves, de nubes de moscos, entre la sombría verdura, en el aire cálido y perfumado, entre pequeños caños de agua turbia que espejean por doquiera bajo el follaje”, a dos pasos de las emboscadas del enemigo, Olenine “es embargado de pronto por un sentimiento tal de felicidad sin causa alguna, que, fiel a una costumbre de su infancia, se persigna y se pone a dar gracias a alguien”. Como un fakir indio goza al confesarse que está solo y perdido en este torbellino de vida que le envuelve, en el cual miríadas de seres invisibles acechan en este momento su muerte, ocultos por todas partes, en que millares de insectos zumban en torno suyo, se llaman:

¡Por aquí, por aquí, compañeros! ¡Aquí hay alguien a quien picar!”

Y era bien claro para él que allí ya no era un gentilhombre ruso, de la sociedad de Moscú, amigo y pariente de éstos y aquéllos, sino simplemente un ser cualquiera como el mosquito, el faisán, el ciervo; como aquéllos que vivían, que rondaban en torno suyo.

Como ellos, yo viviré y moriré. Y la yerba crecerá encima de mí...

Y su corazón se llena de alegría.

Vive Tolstoi, en esta hora de juventud, en un delirio de fuerza y de amor a la vida. Se abraza a la Naturaleza y se funde en ella; en ella vierte, adormece y exalta sus penas, sus alegrías y sus amores[566]; mas nunca esta embriaguez romántica afecta a la lucidez de su mirada. En ninguna otra página como en este ardiente poema los paisajes son pintados con tamaño vigor, ni los tipos con más verdad. La oposición entre la naturaleza y el mundo, que informa el fondo del libro y que será toda su vida uno de los temas favoritos en las ideas de Tolstoi, un artículo de su Credo, le hace encontrar ya, para fustigar la comedia del mundo, algunos de los ásperos acentos de la Sonata a Kreutzer[567]. Pero no es menos verídico con relación a quienes ama, y los seres de la naturaleza, la hermosa cosaca y sus amigos, son contemplados en plena luz, con sus egoísmos, sus avaricias, sus engaños, con todos sus vicios.