Una ocasión iba a presentársele para poner a prueba esta veracidad heroica.


En noviembre de 1853 fué declarada la guerra a Turquía. Tolstoi entonces hizo que se le pasara al ejército de Rumania, del cual pasó después al de Crimea, y llegó a Sebastopol el 7 de noviembre de 1854. Ardía en entusiasmo y fe patriótica. Cumplió bravamente con su deber y a menudo estuvo en peligro, sobre todo en abril y mayo de 1855, meses durante los cuales cada tercer día estaba de servicio en la batería del cuarto baluarte.

De vivir meses y meses en una exaltación y una agitación continua frente a frente con la muerte, su misticismo religioso se reavivó. Conversa con Dios. En abril de 1855 anota en su Diario una plegaria a Dios, en acción de gracias por haberlo protegido en los peligros y para pedirle que continúe protegiéndolo, “a fin de alcanzar el objeto eterno y glorioso de la existencia, que me es aún desconocido...”. Este objeto de su vida no es ya el arte, sino la religión. El 5 de marzo de 1855 escribía:

He encontrado una gran idea, a cuya realización me siento capaz de consagrar toda mi vida. Es esta idea la fundación de una religión nueva, la religión de Cristo, pero purificada de dogmas y misterios... Obrar con límpida conciencia, a fin de unir a los hombres por la religión[568].

Éste será el programa de su vejez.

Sin embargo, para distraerse de los espectáculos que lo rodeaban, se entregó nuevamente a escribir. ¿Cómo pudo encontrar la libertad de espíritu necesaria para componer, bajo una lluvia de granadas, la tercera parte de sus Recuerdos, Juventud? El libro es caótico, y se puede atribuir su desorden a las condiciones en las cuales nació y a veces también a cierta sequedad de análisis abstractos, con divisiones y subdivisiones a la manera de Stendhal[569]. Pero se admira su tranquila penetración en el desorden de pensamientos y de ensueños confusos que se agolpan en un cerebro joven. La obra es de una rara franqueza consigo mismo; y por instantes, ¡cuánta frescura poética, en el hermoso cuadro de la primavera en la ciudad, en el relato de la confesión y del viaje al convento por el pecado olvidado! Un apasionado panteísmo presta a algunas páginas una belleza lírica cuyos acentos recuerdan las narraciones del Cáucaso, como la descripción de esta noche de Estío:

El brillo sereno del luminoso creciente. El estanque resplandeciendo. Los viejos abedules, cuyas ramas melenudas se argentan de un lado, al claro de luna, cubren con sus sombras negras la maleza y el camino. El grito de una codorniz detrás del estanque. El ruido apenas perceptible de dos viejos árboles que se rozan. El zumbido de los mosquitos y el golpe de una manzana que cae sobre las hojas secas; las ranas que saltan hasta los peldaños de la terraza y cuyos lomos verduzcos brillan en un rayo de luna... La luna asciende; suspensa en el claro cielo, llena el espacio; el soberbio fulgor del estanque se hace más brillante; las sombras se vuelven más negras, la luz más transparente... Y yo, humilde gusanillo, manchado ya con todas las pasiones humanas, pero con toda la inmensa fuerza del amor, pienso en este momento que la naturaleza, la luna y yo, somos sólo uno[570].

La realidad presente, empero, hablaba más alto que los sueños del pasado, y se imponía, imperiosa. Juventud quedó sin concluir, y el capitán segundo León Tolstoi, tras la protección de su baluarte, bajo el sordo ruido de los cañones, en medio de su compañía, observaba a los vivos y a los moribundos y recogía sus angustias y las suyas propias en las inolvidables narraciones de Sebastopol.