TRES MUERTES

La muerte... En esta época comienza a frecuentar el alma de Tolstoi. Tres Muertos, de 1858-1859[598], anuncia ya el sombrío análisis de la Muerte de Iván Ilich, la soledad del moribundo, su odio hacia los vivos, sus “¿por qués?” desesperados. El tríptico de estos tres muertos, (la dama rica, el viejo postillón tísico y la encina derribada), tiene grandeza; los retratos están bien dibujados, las imágenes atraen la atención, aun cuando la obra, bastante alabada, sea de argumento un poco flojo, y que la muerte del árbol carezca de la poesía necesaria, que tanto valor da a los bellos paisajes de Tolstoi. En su conjunto no se sabe claramente qué le arrastra más, si el arte por el arte o la intención moral.

Tolstoi mismo lo ignoraba. El 4 de febrero de 1859, en su discurso de recepción de la Sociedad Moscovita de Amantes de las Letras Rusas, hacía la apología del arte por el arte[599]; y era precisamente el Presidente de esa Sociedad, Khomiakov, quien, después de haber saludado en Tolstoi al “representante de la literatura propiamente artística”, en su contra tomaba la defensa del arte social y moral[600].

Un año más tarde, la muerte de su amado hermano Nicolás, arrebatado por la tisis[601], en Hyères, el 19 de septiembre de 1860, anonadaba a Tolstoi al punto de “quebrantar su fe en el bien, en todo”, y le hacía renegar del arte:

La verdad es horrible... Sin duda, mientras existe el deseo de conocerla y de decirla, se procura conocerla y decirla. Y es lo único que me ha quedado de mi concepción moral; y es la única cosa que haré, pero no bajo la forma de vuestro arte. El arte es la mentira, y yo no puedo ya amar las bellas mentiras[602].

Pero antes de seis meses retornaba a las “bellas mentiras” con Polikuchka[603], que es acaso su obra más desnuda de intenciones morales, a un lado la maldición latente que en ella pesa sobre el dinero y su poder nefasto; obra escrita puramente para el arte; obra maestra, desde luego, a la cual sólo es posible reprochar su riqueza excesiva de observación, su abundancia de materiales, que habrían alcanzado a desarrollar una gran novela, así como el contraste demasiado duro y un poco cruel, entre el atroz desenlace y el principio humorístico[604].

LA FELICIDAD CONYUGAL

De esta época de transición, en la cual tantea el genio de Tolstoi, en la cual duda de sí mismo y parece enervarse, “sin fuerza de pasión, sin voluntad directora”, como el Nekhludov del Diario de un Marcador, nace en 1859 la obra más pura que haya producido, la Felicidad Conyugal[605]. Es el milagro del amor.