Desde hacía largos años era amigo de la familia Bers; y estuvo enamorado sucesivamente de la madre y de las tres hijas[606]. Y fué en definitiva de la segunda de las hijas de quien se enamoró; pero no osaba confesarlo. Sofía Andreievna Bers era casi una niña, pues tenía diez y siete años, en tanto que él pasaba ya de treinta y se consideraba como un hombre viejo, que no tenía derecho para unir su vida gastada, manchada, con la de una muchacha inocente. Resistió tres años[607]; y más tarde ha contado, en su Ana Karenina, cómo hizo su declaración a Sofía Bers, y cómo le respondió ella, dibujando con gis rojo sobre una mesa las iniciales que no osaban decir. Como Levine, en Ana Karenina, tuvo la cruel lealtad de presentar su Diario íntimo a su prometida, a fin de que ella no ignorase nada de sus pasadas vergüenzas; y como Kitty, en esa misma novela, Sofía tuvo con ello un amargo sufrimiento.
El 23 de septiembre de 1862 fué el matrimonio. Pero tres años hacía ya que esta unión estaba realizada en el pensamiento del poeta al escribir la Felicidad Conyugal[608]. Desde hacía tres años que por adelantado había vivido los días inefables del amor que se ignora, y los días embriagadores del amor que se descubre, y la hora en la cual se murmuran las divinas palabras esperadas, las lágrimas de “una felicidad que se va para siempre y que no retornará jamás”; y la realidad triunfante de los primeros tiempos del matrimonio, el egoísmo amoroso, “la alegría incesante y sin causa”; después, la fatiga que llega, el descontento vago, el tedio de la vida monótona, las dos almas unidas que dulcemente se separan y se alejan la una de la otra; la embriaguez peligrosa para la joven señora, (coqueterías, celos, equivocaciones mortales), el amor que se va, que se pierde; al fin, el tierno y triste otoño del corazón, el fantasma del amor que renace, palidecido, envejecido, más conmovedor por sus lágrimas, sus arrugas; el recuerdo de los días de prueba, la pena por el mal que se ha hecho y por los años perdidos; serenidad de la tarde, tránsito augusto del amor a la amistad, de la novela de la pasión a la maternidad... Todo lo que debía de venir, todo, Tolstoi lo había soñado, gustado de antemano; y para vivirlo mejor, lo había vivido en ella, en la bienamada. Por la primera vez, (la única quizás en la obra de Tolstoi) la novela pasa en el corazón de una mujer y está contada por ella. ¡Con cuánta exquisita delicadeza! Belleza del alma que se cubre con un velo de pudor... El análisis de Tolstoi ha renunciado, por esta ocasión, a su luz un poco cruda; no se encarniza, febril, para poner al desnudo la verdad: los secretos de la vida interior se dejan adivinar, antes que entregarse. El corazón y el arte de Tolstoi están enternecidos. Armonioso equilibrio de la forma y del pensamiento, la Felicidad Conyugal tiene la perfección de una obra raciniana.
El matrimonio del cual presentía Tolstoi con una profunda claridad la dulzura y las inquietudes, debía de ser su salud. Estaba cansado, enfermo, disgustado de sí mismo y de sus esfuerzos. A los éxitos ruidosos que habían acogido sus primeras obras, sucedió el completo silencio de la crítica[609] y la indiferencia del público. De ello afectaba regocijarse altivamente.
Mi reputación ha perdido mucho de la popularidad que me entristecía. Ahora estoy tranquilo, porque sé que tengo algo que decir y la fuerza para decirlo en voz alta. En cuanto al público, ¡que piense lo que quiera![610]
Se alababa, no estaba seguro él mismo de su arte. Era sin duda dueño de su instrumento artístico; pero no sabía cómo emplearlo. Como él lo decía, a propósito de Polikuchka, era una charla sobre el primer asunto que se presentaba, por un hombre que sabía manejar la pluma[611]. Sus obras sociales abortaban. En 1862 renunció a su cargo de árbitro territorial; y en ese mismo año la policía fué a catear Yasnaia Poliana, donde todo lo revolvió, y cerró la escuela. Tolstoi estaba entonces ausente, rendido de fatiga, temeroso de la tisis:
Las querellas de arbitraje habían llegado a ser para mí penosas; el trabajo de la escuela tan incierto, y mis dudas, que nacían del deseo de instruir a los demás, al ocultar mi ignorancia sobre lo que debía enseñar, eran tan desconsoladoras, que caí enfermo. Tal vez entonces hubiera llegado a la desesperación, en la cual habría perecido quince años más tarde, si no hubiera existido para mí un aspecto desconocido de la vida que me prometía la salud: la vida de familia[612].
De ella gozó, desde luego, con el fuego de la pasión que ponía en todo[613]. La influencia personal de la condesa Tolstoi fué preciosa para el arte. Bien dotada literariamente[614], era, como ella decía, “una verdadera mujer de escritor”, que tan de corazón tomaba la obra de su marido. Trabajaba con él, escribía a su dictado, recopiaba sus borrones[615]. Trataba de defenderlo contra su demonio religioso, el terrible espíritu que ya, por momentos, le aconsejaba la muerte del arte; trataba de que estuviese cerrada su puerta para las utopías sociales[616]. Reanimaba en él al genio creador; hizo más aún: aportó a este genio la riqueza nueva de su alma femenina. A excepción de las joviales siluetas de Infancia y Adolescencia, la mujer está ausente de las primeras obras de Tolstoi, o bien asoma apenas en segundo plano. Aparece ya en Felicidad Conyugal, escrita bajo el influjo del amor de Sofía Bers; y en las obras que siguen, los tipos de muchachas y de mujeres abundan y tienen una vida intensa, superior a las veces a la de los tipos masculinos. Queremos creer que la condesa Tolstoi no solamente sirvió a su marido de modelo para la Natacha de La Guerra y la Paz[617], y para Kitty, en Ana Karenina, sino que también por sus confidencias y por su propia visión, pudo ser para él una valiosa y discreta colaboradora. Algunas páginas de Ana Karenina[618], muy particularmente, me parece que descubren una mano de mujer.